Club literario El rincón del caminante

El amor existe, te elegí a ti

El amor existe, te elegí a ti

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Publicado por Pilar Remartínez Cereceda el mayo 8, 2016 a las 11:00am

Inés llegó a su casa aquella noche tras salir de trabajar, esperaba que su marido de un momento a otro entrara por la puerta, pero lo que nunca imaginó fue encontrarse con un mensaje de su marido en el contestador. “No me esperes levantada, ni me esperes mañana, ni lo hagas nunca, eres una inútil, un parásito no quiero saber nada de ti”.
Las palabras de su marido Pedro penetraron como cuchillos afilados en su corazón y unas lágrimas incontrolables brotaron de sus ojos. Inés se quedó parada sin saber que hacer… Una angustia empezó a recorrerle el cuerpo, ¿Qué hago? Todo lo que estaba pasando ya lo sospechaba hacía mucho tiempo, tarde o temprano iba a suceder y su falso matrimonio terminaría en el momento que a su marido le negara algunos de sus caprichos de niño malcriado, como efectivamente sucedió. Suspiró y siguió con la tarea de intentar organizar, aunque solo fuera externamente su vida.
El silencio de la sala se apoderó de la estancia, como resultado, se podía escuchar el tic.-tac del reloj, así, nervios y más nervios. Todavía podía escuchar a Pedro acusándola de sus acciones, de su manera de actuar. Sí, ella era culpable, era culpable de ser tan confiada, era culpable de querer satisfacer los deseos de su marido, nunca fue capaz de negarle nada, nunca fue capaz de pronunciar la palabra mágica “No”. Por eso estaba cansada, cansada de tener que tragarse todos sus caprichos, cansada de terminar siempre cediendo, para que esa relación, mal llamada matrimonio, funcionara. Por eso, cuando escuchó el mensaje en el contestador, no fue corriendo al teléfono a suplicar como tantas veces hizo, no fue a rogar a su marido que no se fuera, no fue a darle la razón. Ya había sucedido lo inevitable, lo que tanto temía, ya no habría marcha atrás.
Había pasado casi un año de lo sucedido aquel día. Inés había conseguido divorciarse y ser una mujer libre. Mientras tanto, no había tenido noticias de su exmarido, ni de cómo le iba la vida, por fin había hecho borrón y vida nueva, o eso era lo que a ella pensaba.
Una mañana, al entrar en la cafetería a la que a diario acudía a desayunar, a Inés le pareció ver a Pedro sentado con una chica rubia y gordita en la silla en la que ella siempre se sentaba. Quiso pensar que no era él, que se trataba de otra persona muy parecida. “¡Pero era Pedro!”, “Ahora lo tenía claro, Pedro se burlaba de ella, como era su costumbre, acompañada de una nueva amiga y como si de un trofeo se tratara la exhibía en la cafetería para regodearse y burlarse de ella. Pedro coleccionaba conflictos, cada vez eran más los jaleos en los que estaba envuelto.
Inés pasó delante de Pedro muy tranquila y muy serena, mientras tanto, allí sentado se encontraba esa persona que hace poco tiempo era su marido, ahora él estaba allí, desafiante, esperando a Inés en esa misma mesa en la que todas las mañanas desayunaba. Pedro se quedó con las ganas de organizarla ya que Inés pasó tranquilamente por delante ignorándolo y poniéndose hablar con un camarero que conocía.
—Hola, Carlos—saludó Inés con tono despreocupado —, hoy me apetece desayunar en otro sitio.
—Muy bien Inés —contestó Carlos —, te recomiendo aquel rinconcito muy alejado y confortable, te voy a preparar la mesa.
—Muchas gracias Carlos —contestó Inés.
Carlos se dirigió a preparar la mesa de Inés y cuando ya estaba lista, Inés se sentó tranquilamente, cogió de ella el menú del día y pidió su desayuno, se sentía poderosa saboreando con placer esa sensación de influencia y de manejo de las situaciones a su antojo. Todo lo que había soñado se iba convirtiendo en realidad. Respiró profundamente y llamó de nuevo a Carlos.
—Carlos por favor, —llamó Inés despreocupada y sonriente.
—Deseas algo más Inés—contestó Carlos —, te ha parecido bien la nueva ubicación de la mesa.
—Perfecta —contestó Inés —, hay que cambiar las rutinas.
Al cabo de un tiempo, terminó de desayunar, pagó la cuenta y se marchó de la cafetería con una sonrisa de oreja a oreja, ignorando que allí seguía su exmarido discutiendo con su actual pareja.
“Siempre le había echado en cara que no servía para nada, que no tuviera un buen trabajo, su palabra preferida era la de inútil. Su cara de desprecio era la tónica habitual. Pero su exmarido estaba equivocado. Había conseguido un buen trabajo y una vida tranquila.
El día se pasó volando, Inés llegó a su casa cansada después de un día agotador de trabajo. Se dispuso a darse una ducha tranquilizadora, cuando sonó el timbre de la puerta.
Miró a través de la mirilla, encontrándose al otro lado a Carlos. Inés le abrió la puerta sonriente.
— Si alguna vez perdieras el rumbo, yo te entrego mi sur —le dijo muy cariñoso Carlos, que deseaba estar con Inés, pero sabía que dependía exclusivamente de ella.
En ese mismo momento Inés supo exactamente qué era lo que debía hacer. La luz tenue del amanecer daba los buenos días a la pareja.
—Hoy va a ser un gran día —dijo Inés.
Y le abrazó apasionadamente.

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