Club literario El rincón del caminante


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Apolo

Apolo

A punto de morir Apolo, en su cama (ahí donde tanto había vivido), reflexionó con gratitud en todas las mujeres que lo habían hecho feliz y él a su vez les dio lo mejor de su vida, que ahora se evaporaría en el más allá. Región en la que nunca había pensado. Apolo nunca pensaba. Además lo olvidaba todo. De ahí sus triunfos en el amor.

     El padre confesor le administró la extremaunción: la unción con óleo sagrado. En los ojos del moribundo se apreciaba gratitud y con leve voz susurró: “es inútil, a pesar de su ayuda mi sitio es en el infierno, donde están los grandes pecadores como yo”.

     El humilde sacerdote, amigo de la infancia del moribundo, no pudo dejar de pensar en las tantas veces que lo había oído en confesión con el mismo pecado una y otra vez, transgrediendo el mandamiento: no fornicarás, aunque ahora ha tenido un cambio a no cometerás actos impuros, pero que en esencia es lo mismo y lo peor, lo más grave, el mandamiento que dice no desearas la mujer de tu próximo y que Apolo lo quebrantó innumerables veces. Apolo siempre en un acto de contrición, prometía y juraba no volver a pecar. Inútil deseo. A la vista de una mujer, el pecador caía siempre en el mismo pecado: el amor.

     Con honda tristeza el buen religioso pensó: “la gran tragedia de mi amigo fue su apostura que lo llevó a ser el galán más cotizado de la pantalla, le llovió el dinero y las mujeres, y él, débil de espíritu siempre sucumbió al pecado, algo bueno que se podría decir es que él nunca forzó a ninguna mujer”.

     Murió Apolo (su último pensamiento fue: “mujeres divinas”), y encaminó sus pasos al infierno. Tanto le habían repetido las gentes piadosas de su iglesia que él era un pecador, que supuso que allá debía ir. Pero la divinidad lo mandó llamar: tenía un sitio para él en su paraíso.

     — ¡No es posible! —exclamó sorprendido y enojado el Portero Celestial— ¡Señor, este hombre es el más grande seductor!

     —Ah, Pedro —le dijo con benevolencia  el Señor— a pesar de tu sabiduría ¡qué poco sabes acerca de los hombres! Y menos aún sabes acerca de las mujeres. Apolo, galán cinematográfico, no es el más grande seductor: es el más grande seducido. 

     Abrió las puertas de su  Cielo el Buen Señor y entró Apolo confuso. No entendía lo que pasaba allá arriba. Tampoco entendía lo que había pasado aquí abajo.

 

 

 

6 comentarios

  1. Buena manera de ver las cosas.
    Besos
    Natuka

     
  2. ¡Qué bueno! jajaja!! ¡muy original!
    ¡Felicitaciones por tu creatividad!

     
  3. Es un hermoso cuento, con muy buen final. Felicidades, Héctor.

     
  4. Mi querida Natuka:
    Es un honor tenerte en mis letras. Un abrazo.

     
  5. Mi querida Delia Checa:
    Estarás de acuerdo conmigo, que la mujer (y con mucho) es más inteligente y lista que el hombre. Un abrazo.

     
  6. Mi buen Jesús María:
    Gracias por tu felicitación. Un abrazo.

     

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