Club literario El rincón del caminante


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DIÓGENES GARCÍA

DIÓGENES GARCÍA
 
Decía mi profesor de griego que Diógenes significa “creado por Dios”. Aunque don Gerardo, el cronista oficial de Villabermeja, piensa que en el caso de Diógenes Sinope García no era para tanto. Éste tenía padre y madre conocidos. Ambos dotados de cuerpo físico. De esos que se ha de comer la tierra.
–Y no seré yo quien ponga en duda su procedencia paterna, que no veo a Dios patrocinando las hambrunas que, llegado el tiempo, su posible hijo padecería –me argumentó mientras dábamos buena cuenta de una merienda a base de dulces caseros de la confitería del pueblo.
Así es que lo dejaremos en Diógenes Sinope García López, hijo de Saturnino García y de Renata López, como, según don Gerardo, rezaba una partida de nacimiento que jamás me enseñó. Su nacimiento se desarrolló dentro de lo establecido, parto normal, matrona feliz, madre agotada y padre presumido. Sin embargo, su bautizo acarreó  algún poblemilla. En lo tocante al nombre hemos de señalar que no andaba el párroco para florituras onomásticas. Y si bien el primer nombre le sonó a bendición divina, el segundo no le pareció tanto.
–San Sinope no me suena, Saturnino –dijo levantando la cabeza del documento que redactaba.
Por consiguiente, lo de Sinope se quedó fuera de los papales oficiales. De su infancia no hay muchas noticias. Como cualquier niño, apedreó cuarenta gatos, hizo rabona en la escuela alguna que otra vez, descalabró a varios vecinos y rompió cristales de las ventanas de medio pueblo. Normal, vaya.
Llegados a este punto, bueno es señalar que su maestro fue nada menos que don Sócrates.  Con un maestro de tal categoría podemos deducir con toda seguridad que lo aprendido en la escuela marcó bastante su vida, cosa que no debería extrañarnos sin consideramos que ambos, maestro y alumno, eran gemelos en miseria y penumbras económicas.  Ya que si, cumpliendo el refrán,  la despensa del maestro destacaba por su desamparo, el hambre del alumno no le iba a la zaga. Y como el hambre agudiza el ingenio, una cosa tenía clara don Gerardo, el cronista de Villabermeja: el espíritu de Diógenes era pura sagacidad.
Se colaba de válvula en el cine con la misma facilidad con que usted entra en su casa llave en mano, incluso en las películas para mayores. Allí aprendió tantas cosas de la vida que, unidas a las que don Sócrates le inculcó, hicieron de él un tipo más listo de lo que las autoridades desearían.
No obstante, o quizá por eso, acabó por convertirse en un adolescente incómodo para todo el vecindario, policía municipal incluida. ¿Recuerdan ustedes a James Dean enRebelde sin causa? Pues según don Gerardo, Jimmy Stark al lado del muchacho era un pan bendito. Diógenes era hijo único como él. Dado que en su casa no entraba dinero para muchos platos el control de natalidad se impuso por pura necesidad económica. Y, como Jimmy, también llegó a conocer a un tal Platón, aunque comulgaba menos con sus ideas. Dicho esto, ya pueden ustedes hacerse una idea sobre su persona. Listo como el hambre que pasaba, era capaz de sacarle punta a una piedra redonda.
Pero sigamos con la historia. Se jubiló don Sócrates y el hambre siguió reinando en su casa aún con más fuerza que antes, pero a pesar de eso engordó diez quilos en un par de meses. El Jefe de la Policía Municipal lo achacó al hecho de verse liberado de la ingente tarea de desasnar a gentecilla como nuestro protagonista.

 

Saturnino, siguiendo los consejos de Bastián, un policía municipal vecino suyo, consiguió una beca para enviar a Diógenes a un colegio interno, donde coincidió con el niño más repelente de la comarca, un tal Aristipo Pérez. Este muchacho era la persona más rastrera que se había visto jamás en aquel internado. Apenas llevaba un mes en el colegio y ya lo habían calado todos sus compañeros. Estaban hasta el mismísimo gorro de él. Tanto que, llegado el mes de noviembre, su apellido había sido borrado del nomenclátor colegial. Por unanimidad de sus sufridores vecinos de pupitre paso a ser conocido en todo el colegio como Aristipo Siseñor. Según el director, un ejemplo a seguir. Según sus camaradas, el pelotillero más grande de la historia. Y no andaban descaminados. Aristipo, en un gesto que le deshonraba, andaba siempre con la lengua floja buscando al primer profesor que se cruzara en su camino para chivarse de la última diablura de cualquier compañero. O para inventársela, que cualquier excusa era buena si llevaba aparejada una palmadita amistosa a costa de sus compañeros.
Antes de continuar, no me pregunten ustedes por el nombre del colegio donde continuó sus  estudios nuestro protagonista.  Don Gerardo no me lo dijo. Sólo sé que estaba junto a un cine de barrio donde, colándose con la misma maestría con que lo hacía en el pueblo, no se perdía una sola película de Charlot. Ni de los hermanos Marx.
–Lo mejor de mi vida lo he aprendido en la escuela del cine. Soy un alumno aventajado de la escuela cínica –presumía recordando sus largas sesiones de cine que allí disfrutó, siempre de gorra.
–Un sabio cínico –decía de él don Gerardo mientras ocultaba una media sonrisa.
Y sus historias parecían tan ciertas que más de una vez me he preguntado si ese tal Diógenes de Sinope, el del tonel, de que hablan los libros de la antigüedad no habrá sido una morcilla convenientemente manipulada que el cronista metió en algún documento del archivo de protocolos del lugar. De ahí, en un despiste total, algún catedrático lo dio por verídico. O al revés, quien sabe. Y si no me creen, sigan leyendo, sigan.
Contaba don Gerardo que más de una vez, y más de dos, el muchacho se había quedado sin cenar por culpa de sus escapadas a lo que él llamaba la escuela cínica, el cine de barrio cercano, para entendernos. Lógicamente, la vuelta al redil escolar se producía con nocturnidad, alevosía y clandestinidad. Afortunadamente para él y algún que otro colega de expedición las pistas deportivas se encontraban algo alejadas de la residencia de profesores. Y si a ello le sumamos la presencia de un árbol cuyas ramas comunicaban las pistas deportivas con la calle aledaña, eliminando o, al menos, mitigando la función de la tapia que las separaba, ya se podrán ustedes imaginar la manera en que se producía el reintegro de Diógenes y sus compañeros en el recinto escolar. Saltar la tapia del patio de recreo y deslizarse, como una lagartija, hasta el dormitorio sin probar bocado era coser y cantar para ellos.
Una de aquellas noches, después de la correspondiente sesión de cine gratis, vio en un descampado cercano a un indigente que se había montado una chabola a base de viejos maderos. Parecía un tonel, pues era tan alargada y bajita que apenas le servía para dormir en ella, y eso, entrando a rastras. Diógenes, que en el fondo era un rebelde con causa, consiguió reunir cuatro perras entre varios señores que tomaban su diaria cerveza en una taberna cercana. Con ellas compró una lata de lentejas en un supermercado abierto hasta altas horas de la noche.
Lata en mano se acercó al pordiosero, se sentó junto a él, abrió la lata y sin decir palabra se la alargó mientras sus tripas protestaban enérgicamente al tiempo que recordaban al chaval que, desde el mediodía permanecían inactivas. Regodeándose ante el banquete que le esperaba, el hombre vertió parte del contenido en un plato de latón que ocultaba en el fondo de su “tonel”. Pero al ver la expresión de Diógenes, sacó del mismo lugar una vieja cuchara, la limpió con un trapo algo menos sucio que ella y se la entregó a Diógenes junto con la lata en la que aún quedaba una pequeña ración de lentejas.
Mientras daban cuenta de ellas quisieron los hados que Aristipo pasase por delante del tonel, pues había sido premiado esta noche con una entrada al teatro local gracias a una de sus ya conocidas confidencias. Circunspecto y orgulloso, se dirigió a Diógenes en plan despectivo:
–Si aprendieras a ser sumiso al Director, no tendrías que comer esa basura de lentejas.
A lo que replicó Diógenes:
Si hubieras tú aprendido a comer lentejas, no tendrías que adular al Director. 
 
 
 
 © Manuel Cubero
 

1 Comentario

  1. Mi apreciado Manuel , te has lucido con tu relato, simpatiquisimo desde el inicio hasta el final, me agrado bastante, ojala tengas mas visitas, te deseo un bello atardecer… Rememorando tu relato y te diré que de las lentejas hasta en la biblia hay mención de ellas, pues el bruto de Esau troco su primogenitura por un plato de lentejas!!

     

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