Club literario El rincón del caminante

Dulce Icor (I-Chor) (2014)

Dulce Icor (I-Chor)  (2014)

 

Dulce Icor

(I-Chor)

De repente volví en si, arrebatada por el punzante dolor en mi espalda causado por un frenético hurgueteo como de cuchillas, sintiendo como se abría paso a través de mi ropa, y mi carne.
Yacía boca abajo, la mirada borrosa, mis brazos y piernas parecían largas bolsas rellenas de algodón; allí estaban, pero inertes y sacudidas como por el viento. Mi cuello estaba entumecido pero no roto, supuse que llevaba un buen rato así, y un liquido espeso y cobrizo caía por mi hombro desde mi espalda produciendo una tibia y agradable cosquilla, y formando un pegajoso pastiche en mi mejilla izquierda que apoyaba en la tierra: sangre.
Ni rastros de Pablo. Ni idea que pasó.
¿Dónde estoy? ¿Dónde estas?
¿Que es esto?, ahora me doy cuenta de esta cosa sobre mí. ¿Qué es este animal devorándome la espalda?, identifico sus dientes, el mojado graznido se intensifica y ahora puedo sentir todo su peso encima inmovilizándome, depredándome, exacto, eso era: Su presa.
Con el creciente dolor fui recuperando la vista. Mis parpados bregaban por despejar el polvo y la sangre mientras mis pupilas comenzaban a divisar figuras, formas. Algunas corrían, otras, tumbadas inertes en el suelo mientras otras mas parecían acercarse a socorrerlas.
El dolor se hizo insoportable casi en el mismo momento en que recuperaba la visión. Pude ver que las figuras eran cuerpos, solo eso, carentes de todo brillo, de toda vida, y quienes se acercaban a ellos distaban años luz de proporcionar algún tipo de ayuda. Eran niños, hombres y mujeres apelotonándose como buitres sobre las carcasas huecas arrebatando los últimos vestigios de vísceras que arrancaban y deglutían paranoicos.
Pese al dolor, mi cuerpo fue adquiriendo movimiento. Mis extremidades fueron recuperando sus fuerzas. Desde uno de los cuerpos caído cerca, o mas bien de lo que quedaba, mientras el resto sus agresores se dispersaban con diferentes rumbos, pude ver que uno de ellos, una arruinada anciana se encaminaba hacia mi. Apenas arrastraba sus pies descalzos enredados con su manchado y ajado vestido, su pálido rostro dibujaba una contorsionada boca carente de dientes y de labios partidos por donde un fluido negruzco brotaba cayendo y dejando un entintado rastro, y albergaba además, unos ojos… esos ojos… esa mirada, o la ausencia de ella… no sabría como describirla.
Note que el peso que me retenía, de golpe desapareció, también el dolor. Y vi pasar sobre mi cabeza aquel cuerpo desnudo, lacerado, deteriorado casi en su totalidad y carente de gracia para desplazarse, como si todos sus huesos fueran de goma. Se dirigió hacia la anciana que estaba ya a escasos pasos de mi, y levantando sus brazos se enmarañó con la mujer en una especie de lucha infantil, casi graciosa, tosca, empujones, gemidos y babas coronaban la escena.
Al cabo de lo que podría haber sido un minuto, la anciana con la misma mirada adusta, se dio media vuelta tambaleando y se marchó en sentido opuesto.
Mi agresor (así lo llamo ahora) era un hombre. Se mantuvo de espaldas a mi por unos instantes meciéndose levemente, como indeciso. Giró hacia mi y pude ver su desnudez. Su pecho estaba dividido por una enorme grieta que dejaba ver pálidos trozos de costillas, casi todo su torso estaba despedazado. Su cabeza parecía haber perdido el cabello a mechones, su rostro desfigurado y su mandíbula dislocada y colgando. Junto con las piernas, sus ojos eran lo único que permanecían intactos, y desde el fondo de aquel abismo, emergía un familiar destello: Pablo.
Desde las entrañas de aquella carente mirada pude reconocerlo, inconfundible, aunque ausente, pude comprenderlo. Como en aquellos momentos cuando nos amábamos, aunque bestial, pude sentirlo.
Y se quedó allí esperando, esperándome. Apaciguado por la esencia de mi carne, esperando a que mi mundo se desvaneciera y me tornara suya otra vez.
Ahora sus ojos me miraban fijos, dilatados, cuando mi humanidad se volvió incomprensible.
De repente los sonidos ya no son terribles, y las atrocidades que me rodean mutaron tornándose claras y amistosas. La oscuridad de mi mente se desarmó en miles de resplandores y mi cuerpo se hizo holgado y ágil. Mi sangre cesó y el aire detuvo mi corazón.
Mis ojos arden por un breve momento y se calman, trayéndome a Pablo con toda su belleza. Allí esta, esbelto frente a mi esperándome.
Si, ahora los veo, ¡Cómo podría olvidar aquellos ojos azules!.
Me acerco, tomo su mano, y juntos, nos vamos tras aquel dulce icor.

 
Imagen de perfil de Marcelo
Nací en Rosario, Santa Fe, Argentina. El 19 de abril de 1969. Primero de tres hermanos y de un cuarto más tarde (bastante más tarde). Crecí en el seno de una familia de clase media, para la cual los lazos familiares, más que lazos; eran hilos sin atar. Fui a la escuela como cualquier hijo vecino. Mi infancia transcurrió medianamente dentro de los parámetros de lo que se puede catalogar como “normalidad”. Fui al secundario y después (durante también) estudié música. Pero mi vida nunca tuvo que ver con la literatura, quiero decir; siempre me encantó leer y escribir, pero no tengo ningún estudio académico literario, y no soy adepto a la literatura clásica (con excepción de Poe y Lovecraft). Que me inspira a escribir estas historias cortas?, digamos que muchas cosas, muchos estados de animo, muchas controversias. Digamos que pueden ser situaciones tan opuestas como sentirme maravillado por la belleza de algo o alguien, o sentirme perplejo y repugnado por la impunidad. Encontrarme agobiado por la rutina o curioso por saber qué viene después. Podría decirse también que caminé de la mano de la soledad y la fatalidad?, claro que si; aunque también me sentí inundado por la pureza y la ternura. Pero semejante variedad de estimulo-sensaciones vividas, serian un papel en blanco si no me diera apenas a conocer. Y quizás por eso el regocijo de amigos que han leído mis cuentos; porque vienen de la “tripa”, de la entraña, de allí adentro. Son pura y espontánea expresión. Son un acto consciente de la simpleza con que suceden. No es necesario tener un diccionario a mano para entender mi narrativa. Desde mis primeros tiempos en la escuela primaria, donde escribir redacciones o poemas para algún acto o ceremonia en particular era mi deleite, y hasta el día de hoy, existe un vinculo único e irreversible que por cierto no cambió con los años: lo espontáneo. Escritas en algunos casos en apenas horas, y en otros, en tan solo minutos. Son fruto de un determinado y repentino estimulo que los ideó, y casi siempre es el final. Como dato curioso, casi siempre escribo mis cuentos teniendo pulida y visualizada la manera en que concluirán. Tal es así, que desde ya pido disculpas por cualquier “distorsión literaria” que se me haya pasado por alto pese a las una y mil veces que los re leí y corregí, pero como queda claro, nadie dista mas de la perfección que yo, su humilde servidor. Marcelo

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