Club literario El rincón del caminante

El RELOJ

El RELOJ

El regalo le sorprendió. Y más viniendo de su suegro, un personaje poco dado a la dádiva pero si al consejo. Fue con motivo de la Navidad, una época en la que parece existir una predisposición a hacer obsequios sin esperar nada a cambio, bueno si, se pide amor pero a veces resulta más fácil regalar corbatas o agua de colonia que sale más barato.
Don Vicente aprovechó el final de la cena para entregárselo ante la mirada asombrada de su hija que no se esperaba un detalle así con su marido. Don Vicente e Hilario, suegro y yerno no eran personas fáciles de carácter, y en más de una ocasión habían tenido sus mas y sus menos. Don Vicente era proclive a meterse en todos los asuntos que concernían a la vida de su hija única y bien amada.
– Querido Hilario – dijo con la voz grave que utilizaba para los eventos relevantes- .En este día especial, quiero hacerte el obsequio de un reloj. No es un reloj de lujo ni mucho menos, pero marca las horas y los minutos con exquisita regularidad, de acuerdo a nuestro huso horario que como bien debes saber es el que marca el Instituto de Greenwich. Pero con el reloj va también un consejo que quiero escuches y escuchéis todos los presentes con atención.
– Gracias querido suegro, estoy abrumado…soy todo oídos – respondió Hilario.
La familia adoptó una postura cómoda en la mesa, no en balde sabían de las largas y enjundiosas peroratas de don Vicente.
– Nunca, repito, nunca, abras la caja de un reloj ni para tocar su mecanismo, o simplemente para ver su maravillosa ingeniería. Es cosa sabida que todos los que poseemos o hemos poseído un reloj hemos tenido la tentación de abrir sus entrañas para ver como esta hecho por dentro… Es necesario resistir a esta tentación con todas las fuerzas de las que uno dispone. Es un ejercicio que forja carácter. Además no hace falta que te diga que los relojes tienen un mecanismo
muy delicado y basta con abrir la caja para que el polvo, el aire o las diferencias de temperatura puedan estropear su mecanismo…la curiosidad querido Hilario muchas veces es una mala compañía. Abstenerse en determinados momentos de la vida refuerza la voluntad.
– Descuide querido suegro. Tendré bien en cuenta sus advertencias y de ello será testigo su bella hija y querida esposa.
– Así lo espero…yo conocí a un amigo mío… – la familia se sirvió un extra de café, porque el discurso de don Vicente iba para largo – .Que tenía un hermoso reloj de oro, con cadena de chaleco, regalo de la empresa en la que trabajó durante más de cuarenta años, dándole lo mejor de su vida. ¿Sabes que hizo con este reloj?: lo guardó en un cajón de su escritorio bajo llave y arrojó la misma al mar, luego emprendió un largo viaje alrededor del mundo para no abrir la caja de aquel magnífico reloj.
– Algo exagerado …¿no? – interrogó Hilario.
– No lo creas. Cuando volvió de su viaje tras varios meses de ausencia, comprobó que unos ladrones habían perpetrado un robo en su domicilio y se habían llevado el reloj.
– Eso es escupir al cielo y que te caiga el escupitajo en tu propio ojo.
– En parte sí. Pero curiosamente aquellos ladrones sabían que nunca debe abrirse la caja de un reloj y no sucumbieron a la tentación de hacerlo.
– Ilustrados eran, desde luego – sonrió Hilario.
– Y avispados, guardaron el reloj en su estuche, lo metieron en un baúl con otros objetos que habían robado, lo cerraron con llave y la echaron al mar.
– Vaya. Al parecer tendré que hacer algo similar con este regalo – murmuró Hilario.
– Haz lo que creas conveniente, pero abandonemos la historia de este reloj a su destino. Tan sólo quería explicarte la enorme tentación que supone abrir un reloj. Te lo digo con conocimiento de causa. Don Camilo Vélez, un íntimo amigo mío, tenía la tentación de abrir los relojes y curiosamente no poseía ninguno.
– Una tentación absurda – terció Eloisa, la hija de don Vicente.
– Si, desde luego, pero era tan fuerte la tentación de abrir relojes, que don Camilo a falta de ellos, se compraba ostras para satisfacer este vicio, porque lo suyo era vicio.
– ¿Ostras? – sonrió divertida Eloisa.
– Si, las ostras no tienen un mecanismo en su interior que se asemeja a un reloj, pero el modo de abrirlas es muy parecido al que debe utilizarse para abrir la caja de un reloj. Don Camilo las abrīa con destreza y se quedaba la mar de satisfecho, porque aparte de comerselas con un pequeño aderezo de pimienta negra, no estropeaba ningún mecanismo..
– Ya… – murmuró Hilario, un tanto confuso.
– No es que te vaya a recomendar que lleves una ostra en la muñeca como si fuera un reloj, pero si que si alguna vez tienes la tentación de abrir un reloj, abras una ostra.
– Le agradezco el consejo y estimo en lo que vale – agradeció educadamente Hilario, cada vez más alucinado por las surrealistas explicaciones de su suegro.
– No quiero aburriros más con mis consejos pero me gustaría acabar mi intervención con una corta historia que es el colofón a lo dicho. Don Antonio Zarzalejos, que falleció hace años, heredó de su padre un gran prestigioso taller de relojería en Madrid. Don Antonio, sabía que abrir un reloj era algo nefasto y durante el tiempo que estuvo al frente del negocio, se resistió a hacerlo, así que los relojes que debía reparar se iban acumulando en las mesas del taller, hasta el punto que tuvo que vender el negocio y dedicarse a otro oficio.
– ¡Caray! – eso son palabras mayores, exclamó Hilario.
– Por eso te lo he explicado…si sabes resistir a la tentación de abrir relojes nunca se te acudirá la idea de montar un taller de relojería. ¿Lo entiendes ahora, querido Hilario?
– ¡Venga a mis brazos querido suegro! Nunca olvidare este regalo.
Don Vicente e Hilario se fundieron en un cálido abrazo mientras la familia levantaba sus copas de champán brindando por el espíritu navideño que había presidido la comida.

 

FIN

 

3 comentarios

  1. Es un gusto leerte.
    Saludos

     
  2. Hola, interesante y ameno tu relato, felicidades!!

     
  3. Maravillosa metáfora Alejandro, me trae entrañables recuerdos de mi juventud cuando iba de pesca, en las rocas lo que se dice reloj, reloj, no había, y uno para entretenerse…me iba a la orilla… por entre las piedras, donde dormitaban multitud de mejillones…¡Ay!…Qué rico sabor, fresquitos, sin que “la mano” del hombre hubiese tocado su interior… todo un placer.

    Gracias por tu prosa.
    Pedro.

     

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