Club literario El rincón del caminante


Club literario El rincón del caminante

Ella: (tu nombre aquí)

Ella: (tu nombre aquí)

Ella: (tu nombre aquí)

    Ella (tu nombre aquí) era el ejemplo de bondad y de entrega. Su mirada iba más allá de sus manos, de su aliento. Daba sin contar, y entregaba sin mirar.
    Día a día, noche a noche, semana a semana y mes a mes, por muchos años, no se puede decir que fue una rutina, sino más bien un placer.
    De la huerta de su pequeña casa, colectaba frutas y verduras y las compartía con todo el mundo. “Los frutos de mi sacrificio” los llamaba ella (tu nombre aquí) en realidad lo eran y los cosechaba con inimaginable amor y los compartía.
    De ellos se alimentaban sus hijos, sus amigos, sus vecinos, forasteros y hasta yo lo hice alguna vez. Las jugosas frutas y crujientes vegetales eran la delicia de todos.
    Su mirada serena observaba como los niños, jóvenes, adultos y ancianos, deglutían los manjares orgánicos en una orgía de mordiscos, sorbos y lamidas que dejaban en el aire un eco agridulce (en el textual sentido) para su satisfacción.
    En el cuarto de almacenaje, cuidadosamente seleccionaba los frutos y las legumbres que iba a repartir, guardando sumo cuidado en separar las malas o las que empezaban a podrirse para que todos disfrutasen las mejores, ella (tu nombre aquí) después se comería las malas, las podridas.
    Y así, en su mesa, sus hijos disfrutaban lo mejor. Bajo su silente mirada deglutían las frutas y verduras, y si por algún motivo alguna en mal estado se le había pasado, los alertaba con voz mansa pero segura: “cuidado hijo, esa no está buena, déjala a un lado que después me la como yo, nada se desperdicia”
    Y como así sus hijos, así sus amigos y vecinos.
    Su bondad era tal y su actitud semejante, que en el barrio empezaban a llamarla “La mártir de las frutas y verduras”.
    Pero ella (tu nombre aquí) sabía muy bien lo que hacía. O al menos lo creía. O quizás era esa la única manera que sabía hacerlo, o así l había aprendido (victima de victimas) quien sabe. Pero se puede decir que ella (tu nombre aquí) era sumamente feliz con lo que hacía y como lo hacía. Su rostro se iluminaba viendo comer a sus seres queridos y semejantes, viéndolos disfrutar de lo mejor, lo mejor que ella (tu nombre aquí) había seleccionado para ellos, con la seguridad de que si alguna fruta o verdura estaba mala, allí estaría ella (tu nombre aquí) para comerla luego (nada se desperdiciaba).
    Día a día, noche a noche, semana a semana y mes a mes, por muchos años siempre sin pedir nada a cambio. “Siempre dando sin esperar nada en recompensa” decía ella (tu nombre aquí) “pues así es como funciona el Universo, es Él quien te devuelve”.
    Y así fue desde luego, que el Universo le devolvió todo aquel sacrificio, todo aquel cuidado meticuloso de dar lo mejor al prójimo y conformarse aceptando lo malo (o lo no tan bueno).
    Un día, de esos sin nada especial, el barrio se reunió en la plaza convocando a sus hijos y en secreto para ella (tu nombre aquí) y decidieron hacerle un hermoso regalo. Seria en agradecimiento a su bondad, a su entrega, a su sacrificio diario. Seria algo maravilloso, algo que después de pensarlo mucho, decidieron que ella (tu nombre aquí) lo disfrutaría como jamás habría disfrutado algo.
    Y fue una mañana sin más, muy temprano, mucho antes de que ella (tu nombre aquí) se levantara, que su hija mayor preparó la sorpresa en una gran canasta adornada con un enorme moño rosa con su nombre (tu nombre) en una tarjeta, y mientras el barrio se agolpaba como podía sobre las ventanas del comedor para ver el preciso momento en que le entregaban el regalo y observar su maravillada expresión, sus hijos más pequeños la despertaban dulcemente y cómplices para llevarla hacia la habitación principal.
    La puerta de la habitación se abrió lentamente y crujiendo suavemente entre murmullos ansiosos y risueños y pícaros comentarios los espectadores la vieron entrar. La luz de la mañana la encandiló un poco, rodeada por sus hijos más pequeños que la conducían de sus brazos, se fregó los ojos rápidamente y sorprendida para ver a su hija mayor esperándola de pié en el medio del comedor sosteniendo una inmensa canasta y ante la mirada ansiosa del barrio decirle:

“Esto es para ti mamá, por todos estos años de sacrifico y entrega y por brindar siempre lo mejor para nosotros, esta enorme canasta repleta de Frutas y verduras podridas que a ti tanto te gustan!”

Ella (tu nombre aquí), sonrió amarga.

Moraleja: Si; el Universo te da, lo que crees que te mereces.

Marcelo Corzo 15 de Enero del 2018.

 

Nací en Rosario, Santa Fe, Argentina. El 19 de abril de 1969. Primero de tres hermanos y de un cuarto más tarde (bastante más tarde). Crecí en el seno de una familia de clase media, para la cual los lazos familiares, más que lazos; eran hilos sin atar. Fui a la escuela como cualquier hijo vecino. Mi infancia transcurrió medianamente dentro de los parámetros de lo que se puede catalogar como “normalidad”. Fui al secundario y después (durante también) estudié música. Pero mi vida nunca tuvo que ver con la literatura, quiero decir; siempre me encantó leer y escribir, pero no tengo ningún estudio académico literario, y no soy adepto a la literatura clásica (con excepción de Poe y Lovecraft). Que me inspira a escribir estas historias cortas?, digamos que muchas cosas, muchos estados de animo, muchas controversias. Digamos que pueden ser situaciones tan opuestas como sentirme maravillado por la belleza de algo o alguien, o sentirme perplejo y repugnado por la impunidad. Encontrarme agobiado por la rutina o curioso por saber qué viene después. Podría decirse también que caminé de la mano de la soledad y la fatalidad?, claro que si; aunque también me sentí inundado por la pureza y la ternura. Pero semejante variedad de estimulo-sensaciones vividas, serian un papel en blanco si no me diera apenas a conocer. Y quizás por eso el regocijo de amigos que han leído mis cuentos; porque vienen de la “tripa”, de la entraña, de allí adentro. Son pura y espontánea expresión. Son un acto consciente de la simpleza con que suceden. No es necesario tener un diccionario a mano para entender mi narrativa. Desde mis primeros tiempos en la escuela primaria, donde escribir redacciones o poemas para algún acto o ceremonia en particular era mi deleite, y hasta el día de hoy, existe un vinculo único e irreversible que por cierto no cambió con los años: lo espontáneo. Escritas en algunos casos en apenas horas, y en otros, en tan solo minutos. Son fruto de un determinado y repentino estimulo que los ideó, y casi siempre es el final. Como dato curioso, casi siempre escribo mis cuentos teniendo pulida y visualizada la manera en que concluirán. Tal es así, que desde ya pido disculpas por cualquier “distorsión literaria” que se me haya pasado por alto pese a las una y mil veces que los re leí y corregí, pero como queda claro, nadie dista mas de la perfección que yo, su humilde servidor. Marcelo

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