Club literario El rincón del caminante

La celada

La celada

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En homenaje al escritor español-mexicano José de la Colina (¡Gulp!)

Noche cerrada y lejos de la madrugada. El frío y le humedad de la montaña, perteneciente ésta a la sierra Madre Occidental en el estado mexicano de Sinaloa cuna de narcos, no le molestaba, pues su pensamiento estaba anclado en el pasado “podemos ser amigos —le dijo con una sonrisa llena de promesas— y aunque me gustas, es lo único que puedo ofrecerte”.

Sobre su hombro se posó la mano de su asistente y la voz seca, menos amigable que curiosa:

—Debe descansar mi capitán. ¿Piensa en cómo llevar a buen término la celada?

—Sí —dijo.

Piensa en las piernas enloquecedoras, la minifalda que usaba, en los ojos aquellos, a la grisverde mirada fría cuya portadora se burlaba, dejándolo a él callado y con ardorosas palabras que se atropellaban labios dentro. En ella piensa, no en la madre de sus hijos.

Malditas sean las fiestas del regimiento. ¿Por qué entonces no opuso ella algún reparo? En cambio me coqueteó desvergonzadamente con su risa enajenante que no me deja tranquilo… Antes del combate con los narcos flaqueo.

Nuevamente sobre su hombro sintió la mano:

—Se siente mal mi capitán.

—No.

Quedó solo. En pocos minutos el vivac tendría vida, pero en silencio ya que la tropa tendría que llegar antes del amanecer para sorprender a los hostiles, los más desalmados narcos del Cartel de Sinaloa. Al ver los preparativos de los soldados, que les esperaba una dura jornada a través de la inhóspita montaña 10 kilómetros cargando su pesado equipo, se le representaron en su memoria sus ancestros.

     Y no moriste en batalla como hubieras querido, sino en el lecho víctima de una enfermedad vergonzante: artritis reumatoide. Padre, la enfermedad no perdonó tu grado de general de división, mucho más alto que el del abuelo que sólo alcanzó el grado de teniente coronel. Yo tengo tu sangre, pero no tus manos, mira estos dedos casi son de mujer para manejar más que el acero la pluma. Tengo miedo de morir, quiero vivir y te lo confieso, el recuerdo de aquella dama me desalienta para entrar en batalla, quiero conquistar esos ojos grisverde que con tanta ligereza se burlan de mí. No tengo miedo del combate, pero estoy enamorado y…

El asistente le pasó los binoculares de visión nocturna y su pistola reglamentaria, los soldados se desplazaban con movimientos gatunos, sin hacer ruido siguiendo al guía, a éste el capitán lo vigilaba con sumo cuidado y atención temeroso de una traición. Metros y metros de terreno desaparecían en la caminata que se hacía eterna.

     Volver atrás, imposible, no soy cobarde, pero daría mi alma por estar con ella, tomarla del brazo, quitar con mi mirada lo gris de sus ojos verdes, desnudarla, ahuecar mi mano para recibir sus pechos y poseerla.

Casi imperceptible, pero se oía el rumor de otros pasos, con sus binoculares vio a los federales guiados por el coronel comandante del regimiento. Por eso en un ramalazo de lucidez, le reveló el porqué, él dirigía a los soldados y su coronel a los federales.

     A pesar de la distancia veo la cara de mi padre en lugar de la del coronel. El rostro avejentado por la enfermedad. Volviéndose hacía mí y condenándome. ¿Pero por qué? Acaso no soy de su estirpe. ¿Traicionaré el honor guerrero de mi familia por lo que tengo que hacer?

En el fragor de la refriega, oyó un gemido y vio como el coronel caía herido. El amigo de mi padre, el marido, el dueño de la grisverde mirada y piernas enloquecedoras. Con arrojo ciego y sentimientos encontrados se dirigió al centro de la batalla, vio un destello luminoso, quiso resguardarse, pero ya era tarde.

 

—Mi general el parte de las acciones: una victoria total, la sorpresa fue fundamental, los agarramos dormidos y a los descuidados centinelas con facilidad fueron eliminados con arma blanca. Se destruyeron un laboratorio de anfetas, el más grande que haya visto y las instalaciones adyacentes; se encontraron 20 toneladas de yerba, 2 toneladas de cocaína, 16 toneladas del precursor químico metilamina, sustancia utilizada para elaboración de drogas sintéticas; armamento de todo calibre incluyendo bazucas; 12 malosos abatidos y 43 prisioneros, dentro de ellos varios capos importantes que se podrán extraditar a Estados Unidos.

—Gracias, ¿y en cuánto a pérdidas?

—Por desgracia murieron en el cumplimiento de su deber los dos líderes: el coronel y el capitán. Por fortuna fueron las únicas bajas. En cuanto al coronel lo raro es que fue muerto de un balazo por la espalda…

 

 

 

2 comentarios

  1. Mi querido Héctor:
    Qué placer tu publicación, Maestro. No se espera menos de un gran escritor que empuña con maestría su pluma en este estilo.
    El amor “loco” hace olvidarse de todo, hasta de ese disparo por la espalda, dando el cierre “negro” al cuento.
    Mil gracias por compartir y que tengas una linda tarde.
    Un abrazo.

     
  2. Mi querida María Emilia:
    Has comprendido bien el cuento. Por cierto es “otra tarea” del curso de narrativa que tomé. Leímos el cuento “La cabalgata” del autor español-mexicano José de la Colina y yo lo adapté al problema de México con las drogas. Por cierto se me pasó en el cuento poner la cita del autor del cual lo tomé: “En honor de José de la Colina (¡Gulp!)”. Y lo haré de inmediato. Gracias. Un abrazo.

     

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