Club literario El rincón del caminante

La cena

La cena

lacena

María esperaba tranquila la llegada de su buen amigo Carlos. Como era costumbre, todos los martes quedaban para ir a cenar al restaurante de la esquina, cerca de su casa. Cumplían con esa tradición desde que ella terminara la universidad, hacía ya por lo menos veinte años.
Desde la ventana de su dormitorio podía perderse entre las calles de esa pequeña ciudad, aunque al otro lado de la ventana, la vida continuaba. Allí dentro existía esa paz que ella tanto necesitaba. Era mediado de septiembre y un pensamiento fue tomando forma en su cabeza cada vez más fuerte.
Daban las ocho de la tarde en el reloj de la salita cuando en la calle escuchó el motor de un coche que le resultaba conocido, a los pocos segundos llamó Ricardo a la puerta.
—Pasa un momentito Ricardo— le invitó María a subir—, pues todavía me queda unas cosillas por terminar.
En un instante Ricardo se plantó en el descansillo de la puerta y, allí arriba, estaba ella, más hermosa que nunca, esperando con su mejor sonrisa. Ricardo entró en la salita y se acomodó mientras María se terminaba de preparar en el aseo.
—¿Qué tal has pasado el día?― Preguntó Ricardo, leyendo sin ningún reparo el correo depositado en la mesa.
—Enseguida estoy preparada —respondió María —, antes de que acabes de leer mi correspondencia estaré contigo― acercándose sigilosa mientras le daba un beso.
Ricardo pegó un brinco sorprendido, no esperaba esta reacción, estaba muy nervioso e intranquilo, no sabía cómo iba a reaccionar María en cuanto le comunicara la noticia.
María se dio en seguida cuenta de su nerviosismo y se preocupó por su amigo, se interesó de aquello que le preocupaba tanto. Entonces, se le ocurrió que tenían que cenar en casa, en lugar de ir al restaurante.
—Ricardo, hoy no salimos a cenar como de costumbre —comentó María —, hoy quiero que nos quedemos en casa tranquilitos
—Siéntate María, tengo algo muy importante que decirte — le respondió Ricardo mientras se preparaba un vaso de wiski.
María no sabía qué hacer, desde luego Ricardo le estaba preocupando y la estaba poniendo nerviosa.
—María si no te apetece salir podemos quedar otro día —le respondió Ricardo —, pues la verdad, hoy no tengo ganas de cenar nada en absoluto.
―Yo no he dicho nada, simplemente, me preocupo por ti, soy tu amiga y te quiero como amiga —le dijo María dándole un abrazo —.En el congelador hay comida de sobra para abastecer un regimiento, pulpo, besugo, palometa… se hace en un momento y…
—Siéntate María, por favor, —le volvió a indicar Ricardo.
María estaba sería, permaneció sin moverse durante los pocos minutos que Ricardo empleó en notificarle que se iba del país, que había conocido a una mujer encantadora y que se había enamorado, pero que no debía de preocuparse porque por nada en el mundo le quitaría lo que a ella le pertenecía y que solo ella dispondría de ello mientras viviera.
María lo escuchaba atónita y tenía la sensación que la sien le fuera a estallar, la boca se le quedó seca. Esa noticia, retumbaba en los oídos repetidamente, su mente se negaba a aceptarlo, no y no, ¿pero cómo le estaba pasando eso a ella? —Voy a preparar la comida —le dijo María de pronto —, con el estómago lleno se piensa mucho mejor, voy a hacer la cena.
—Por Dios María —le contestó Ricardo —, no voy a cenar, me voy, he venido a despedirme y decirte que no te preocupes por el piso y todas las pertenencias.
María desoyendo a Ricardo fue a la cocina, abrió el congelador y sacó un besugo muy hermoso congelado.
—Ricardo, es una tontería lo que me estás diciendo, a mí no me importa que hayas encontrado al amor de tu vida —intentaba María tranquilizar a Ricardo.

—No hagas nada para cenar, tengo que salir —insistía Ricardo, haciendo el ademán de levantarse.
Ricardo se encontraba de espaldas a la puerta de la cocina, no pudo ver a María que se acercaba en ese momento despacito, sin hacer ruido, hacia donde él se encontraba.
—Ricardo, Ricardo —le llamó María, y antes de darse la vuelta, le dio en la cabeza con el besugo congelado.
Ricardo cayó desplomado, el suelo se empezó a llenar de sangre. María sin inmutarse, muy tranquila, fue al baño y se arregló para salir a la calle. Debía actuar deprisa, cogió el bolso y su mejor abrigo y salió de casa en dirección al restaurante donde siempre cenaban.
—Buenas noches Carlos —saludó sonriente al camarero.
—Hola María —le contestó Carlos.
— Pues mira, he ido a dar una vuelta por los grandes almacenes y me he comprado este abrigo, quiero estar elegante para la cita con Ricardo —le comentó María muy contenta.
―Pues muy bien —le contestó Carlos.
—Hoy es un día muy especial para los dos y voy a hacer yo la cena, —prosiguió hablando María —Así que hasta la semana que viene Carlos.
—María, un momento —llamó Carlos —toma esta botella de Wiski como regalo de la casa con nuestra enhorabuena.
—Muchas gracias Carlos —contestó María guiñándole un ojo.
—Seguro que Ricardo está noche disfruta como nunca de este magnífico wiski —respondió María mientras salía del establecimiento.
Con paso presuroso, María llegó a su casa, pasando junto al cuerpo sin vida de Ricardo, se fue directamente a la cocina y metió en el horno el besugo. A continuación, llamó a la policía.
La policía tardó un rato en llegar al domicilio, cuando llegó, la encontró en compañía de una vecina que la había escuchado gritar. La vecina intentaba tranquilizar a la pobre María sin lograrlo, ya que cada vez se encontraba más nerviosa e histérica.
Cuando María se pudo tranquilizar un poco, la policía le preguntó por el suceso.
María les contó que desde hace años, Ricardo y ella todos los martes salían a cenar al restaurante que hay en la esquina, hacía muchos años que se conocían. Pero Ricardo, esa noche tenía algo especial que celebrar y decidieron quedarse en casa. Siempre tenía algo en el congelador, escogió un besugo muy hermoso y mientras empezaba a cocinarse en el horno, salió a cancelar la reserva en el restaurante.
—Ayyyyyyyyyyyyyyyy, cuando llegué y entré en casa, estaba ahí tirado en el suelo —gimoteaba María.
—Tranquilícese señora, —dijo el policía —averiguaremos quién y por qué han asesinado a su novio.
—Todavía no me lo puedo creer —comentó desconsolada a la policía.
—No se apure —respondieron los policías.
—Ya estoy un poco mejor —dijo dirigiéndose a uno de los policías —, había olvidado que tenía en el horno un besugo para la cena, y el horno está encendido, lo voy a apagar, no sea que salgamos todos ardiendo.
—No se preocupe señora y haga lo que tenga que hacer —respondió uno de los policías.
Cuando María regresó a la salita, la policía seguía investigando junto al forense, este examinaba el cuerpo y comentaban entre ellos sobre cuál podría ser el arma del crimen.
—¿Saben algo ya? —preguntó María.
—No exactamente —respondió uno de los policías.
—Me parece muy bien—contestó María.
Pasados unos minutos María se acercó para informarse.
―Perdonen si les molesto —dijo a uno de los policías —, pero la cena está hecha y es una pena desaprovecharla.
Los policías se miraron y aceptaron la invitación.
—Es una pena desperdiciar tan suculento manjar. En cuanto encontremos el arma del crimen—comentó uno de los policías —, todo será más sencillo, se lo aseguro.
—Estoy convencida de ello —afirmó María, mientras abría la ventana para que entrara el aire fresco.

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2 comentarios

  1. Imagen de perfil de Beto Brom

    Bueno, bueno, nos encontramos frente a un crimen perfecto, por lo menos a grandes rasgos.
    Por otro lado el relato atrapa desde un principio. Aprecio la originalidad y excelso desarrollo del mismo.
    Sintetizando, mis felicitaciones amigaza, disfruté la lectura.
    ¡¡FELIZ DÍA!!

     
  2. Imagen de perfil de María Emilia Fuentes B.

    Pilar, poeta:
    Un cuento de humor negro que atrapa desde la primera letra.
    Muy sabrosa quedaría el arma del crimen! Un perfecto cierre que aplaudo. Estos cuentos son mis predilectos.
    Mi felicitación y gracias por compartir.
    Que lo pases bien, Pilarcita, feliz día.
    Recibe un enorme ramillete de rosas muy fragantes.
    Emilia.

     

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