Club literario El rincón del caminante

La leyenda del niño Y la rosa (1993)

La leyenda del niño Y la rosa (1993)

 

 

La leyenda del niño

Y la rosa

 

La historia

 

 Era la única rosa de la comarca. Límpida; blanca, como tantos blancos a la hora de brillar (su blanco por el sol).

Blanca como el vacío que deja una muerte. Pero no tan blanca como la muerte misma.

Sin embargo; a la hora de brillar, moría todo a su alrededor.

Aquel laberinto blanquecino envolvía un perfume (aun recuerdo su aroma) suave, fresco, con poder.

Aquel tronco verduzco afirmaba el capullo hacia el cielo y recortaba el viento con sus afiladas espinas (con cada una).

Aquel idilio de amor no hacia más que vivir (en su tierra).

La tarde caía plácida, lentamente… – ¡barrabás! – gritaba la abuela aturdida a ese nieto que raspaba las rodillas enrojecidas contra el césped.

El viento del norte barría las pocas esperanzas que los árboles depositaban en el suelo (entre colillas de cigarrillos y papeles de caramelos).

 

Globos; en las manos y escapando.

Pelotas; entre los pies y volando (apenas).

Gritos; de alegría y dolor.

Caricias; atrevidas y de madre.

Rodar; de bicicletas y pequeños.

Saltos; de animales y estrellas (ranas y luceros).

Andar; de seres y espacios (ancianos y tiempo)

Latir; de corazones y vientos.

Al este: el viento y la avenida.

Al oeste: eucaliptos y sauces.

Al norte: médanos y arroz.

Al sur: río y bambú…

En el centro, la rosa. Con su perfume.

 

Niño primero

 

 Los mamelucos cubrían apenas sus tobillos, y su nariz cubría lo restante.

Meloso en su andar, pequeño pero atrevido. El y su padre la vieron al mismo tiempo. – ¡la flor! – dijo el niño y la agarró como quien agarra lo suyo.

Instantánea y cristalina, la lagrima del pequeño se ocultó entre los hilos de su padre que lo llevo hacia las hamacas.

La rosa tembló.

 

Niño segundo

 

 Por encima del hombro de la delgada niña, vio el destello blanco que irremediablemente lo atraía con su intensidad.

¡La flor! –  pensó -. Y  sin dudarlo soltó la mano de la pequeña y corrió y corrió (salto un charco) y corrió, tropezó y cayó a escasos centímetros del tierno capullo.

Desde allí abajo, ¡parecía tan amenazante!, esas espinas que lo esperaban a el… solo a el.

Retrocedió sigilosamente lo suficiente como para incorporarse, y se fue sin apuros hacia el puesto de dulces a comprarle a su amiga un chocolate.

La rosa suspiro.

 

 Niño tercero

 

Así porque si. Porque pensó talvez que su padre lo aprobaría; inclinó apenas su cuerpito y agarró para tirar de aquel tallo impiadoso que bebió como sabia su sangre.

Por entre el flequillo rubión y lacio miro a su padre que le sonreía como diciéndole: vamos, ¡tira! Pero el niño gimió mirando su manita dolorida mientras el hombre lo tomaba en brazos para consolarlo con palomitas de maíz.

La rosa sonrió.

 

Niño cuarto

 

El pequeño regresaba llorisqueando hacia el mantel en el que reposaba la pareja, sosteniéndose con su diestra el anular izquierdo por el que zigzagueaba una gota rojiza peinándole la uña.

¡La flor! – dijo atormentado – y su padre sonriente le chupo el dedo mientras le pelaba una manzana.

La rosa se estremeció.

 

Niño quinto

 

Como rebotando por sus panzas arrastró de la mano a su padre que mascaba interminable.

¿Que es? – preguntó cuando hubo llegado a ella. Una flor – respondió excedido su progenitor.

¡La quiero! – ordenó-.

El hombre se abstuvo de contestar mascando y con un movimiento de hombros.

Costosamente por su gordura, el niño se inclinó y tiró con violencia del tallo; chillando al mismo tiempo precisamente como un cerdito asustado.

Miro a su padre con recelo y se dejó arrastrar de regreso, desenvolviendo un emparedado de mortadela…

La rosa se quejó.

 

Niño sexto

 

 Sabía más que bien que a su mamá le encantaba las flores como esa. Repetidas veces había vuelto de la escuela portando feliz alguna (comprada siempre con el dinero de la merienda sacrificada). Pero nunca como esa…

¡Pimpollo blanco que brillaba como porcelana virgen!

Acercó su cara entornando la nariz para hacer lo que a todas las flores; pero el viento fresco del este enredó sus cabellos entre las espinas del tallo.

Erróneamente luchó con sus manos y con gran dolor para soltarse, notando que las duras púas atacaban sus dedos (tres de los cuales sangraron salvajemente).

Cuando por fin logró liberarse, oyó el crujido desgarrante y seco que hizo la manga de su camisa blanca al abrirse en un gran surco con la espina mas larga.

Se echó hacia atrás como empujado por el pánico.

Por un segundo miro sus manos, miro su camisa rota; miro la flor, y corrió luego espantado a comprar una rosa roja.

La rosa gozó.

 

Niño séptimo

 

La firme corriente del viento este no le preocupaba; pese a que venia en su contra, el fresco aire le traía ánimos y tranquilidad.

No pertenecía a nadie de los que allí pululaban; pero era igual a todos (bajo el sol).

Dos aguaciles dibujaron una hélice sobre su frente y unas hojas que volaban libres y sin rumbo se engancharon entre sus cabellos.

Caminaba apacible por todo el verde, cuidando a la vez de no pisar ningún caracol.

No pensaba en alguien.

Y reía de todos.

Solo por esta vez detuvo su marcha y dejó pasar una pelota.

Paso a paso el pequeño recorría el parque. Su madre le había enseñado a distinguir las moras y eligió una blanca.

Recuerdo aun su mirada.

En su rostro se podía adivinar que nunca había regalado algo a alguien. Sus ojos mas bien decían que todo lo que buscaba era para el.

Que todo lo que soñaba era para el.

Que todo lo que sufría era por el.

Como su corazón, su rostro estaba lleno de amor.

 Y la vio…

Se acercó si vacilar; sin miedo, con total naturalidad. Inocentemente con la yema de cada dedo, rozó suavemente los pétalos de la flor, produciendo la mezcla exacta de perfume y rocío que humedeció sus falanges.

Y la acarició.

Y la acarició con amor.

Y la bendijo con su mirada.

Y rozó su tallo.

Y cada una de sus afiladas espinas llenó de cosquillas su piel.

Sus dedos danzaron al compás del viento por entre sus espinas hasta llegar al laberinto de sus pétalos.

Danzó entre su perfume (suave).

Y volvió a danzar entre sus espinas (con amor).

Danzó con la flor (con sus manos).

Danzó con amor.

Y tiró de su tallo…

 

La rosa se desprendió.

 
Nací en Rosario, Santa Fe, Argentina. El 19 de abril de 1969. Primero de tres hermanos y de un cuarto más tarde (bastante más tarde). Crecí en el seno de una familia de clase media, para la cual los lazos familiares, más que lazos; eran hilos sin atar. Fui a la escuela como cualquier hijo vecino. Mi infancia transcurrió medianamente dentro de los parámetros de lo que se puede catalogar como “normalidad”. Fui al secundario y después (durante también) estudié música. Pero mi vida nunca tuvo que ver con la literatura, quiero decir; siempre me encantó leer y escribir, pero no tengo ningún estudio académico literario, y no soy adepto a la literatura clásica (con excepción de Poe y Lovecraft). Que me inspira a escribir estas historias cortas?, digamos que muchas cosas, muchos estados de animo, muchas controversias. Digamos que pueden ser situaciones tan opuestas como sentirme maravillado por la belleza de algo o alguien, o sentirme perplejo y repugnado por la impunidad. Encontrarme agobiado por la rutina o curioso por saber qué viene después. Podría decirse también que caminé de la mano de la soledad y la fatalidad?, claro que si; aunque también me sentí inundado por la pureza y la ternura. Pero semejante variedad de estimulo-sensaciones vividas, serian un papel en blanco si no me diera apenas a conocer. Y quizás por eso el regocijo de amigos que han leído mis cuentos; porque vienen de la “tripa”, de la entraña, de allí adentro. Son pura y espontánea expresión. Son un acto consciente de la simpleza con que suceden. No es necesario tener un diccionario a mano para entender mi narrativa. Desde mis primeros tiempos en la escuela primaria, donde escribir redacciones o poemas para algún acto o ceremonia en particular era mi deleite, y hasta el día de hoy, existe un vinculo único e irreversible que por cierto no cambió con los años: lo espontáneo. Escritas en algunos casos en apenas horas, y en otros, en tan solo minutos. Son fruto de un determinado y repentino estimulo que los ideó, y casi siempre es el final. Como dato curioso, casi siempre escribo mis cuentos teniendo pulida y visualizada la manera en que concluirán. Tal es así, que desde ya pido disculpas por cualquier “distorsión literaria” que se me haya pasado por alto pese a las una y mil veces que los re leí y corregí, pero como queda claro, nadie dista mas de la perfección que yo, su humilde servidor. Marcelo

1 Comentario

  1. No sé cómo llamar a lo que has escrito. ¿Poema? ¿Prosa poética? Cualquiera que sea la clasificación que le das, me pareció fascinante. Saludos, Marcelo.

     

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