Club literario El rincón del caminante

El OTOÑO ESTÁ AL CAER

El OTOÑO ESTÁ AL CAER

EL OTOÑO ESTÁ AL CAER

El verano caluroso y húmedo atisba preocupado su relevo. Ve con resignación como las playas se van despoblando de las setas multicolores bajo las cuales se ocultan entes enrojecidos con olor a aceite protector y mirada oculta tras unas negras gafas de sol, mientras platican con su enamorado o enamorada, sentada su lado, mediante encendidas conversaciones a través del WhatsApp.
Las montañas se van quedando solas y recuperan los viejos sonidos de sus habituales y asustados habitantes, y los olores diferentes a las chuletas a la barbacoa. El mar ruge de alegría, ante la llegada del otoño y las montaña le devuelven sus gritos de felicidad con su eco de franca camaradería.
Ya se sabe que después del verano, llega el otoño y después del otoño viene el invierno y después don Remigio con su bufanda de felpa y sus pastillas contra el resfriado, mientras espera la llegada de la primavera y las oscuras golondrinas que ha leído que volverán a colgar sus nidos en alguna parte no prohibida por las autoridades sin corazón.
El otoño da pie a la melancolía, la tristeza y las alergias estacionales porque no hay dos sin tres, como dice el refrán. Para contrarrestar todo ello y que se vayan acostumbrando a la caída del otoño y puedan tocar la flauta a su gusto, si este es su sueño oculto, les voy a contar un cuento…

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El otoño había llegado con un pañuelo lleno de mocos. Las hojas de los árboles como una lluvia de color amarillo-ocre dorada, caían mansamente al suelo dibujando una alfombra multicolor.
Un hombre lloroso se afanaba por salvar algunas hojas de su brutal caída. Imbuido de un espíritu samaritano, corría de un lado a otro para cogerlas al vuelo.
Fatigado, se sentó en un banco sombrío y húmedo en el cual estaba una bellísima muchacha que había observado el ir y venir de aquel socorrista de las hojas del otoño.
– ¿Por qué intenta detener el vuelo de unas hojas condenadas a la caída? – interrogó la bella, moviendo con estudiada coquetería sus largas y negras pestañas.
– Para que no cayeran en el fango, como unas hojas perdidas y faltas de cariño – respondió con tristeza.
– ¡Oh! – exclamó la muchacha tapándose los senos en un gesto de infantil pudor – ¿Por qué no seré yo una hoja? ¿Por qué no seré yo también una perdida hoja del otoño que cae de un árbol?
– ¿Le apetecería?
– No se lo puede imaginar…es bello…es romántico , es un caer por caer, flotando, arrastrada por el suave céfiro del caprichoso Eolo.
– No se hablé más joven…súbase al árbol que más le guste, yo le ayudaré.
Ayudada por aquel bondadoso salvador de hojas otoñales, la bella muchacha logró encaramarse a un árbol y se sentó a horcajadas sobre una rama.
– Ahora querida muchacha déjese caer si temor que yo la cogeré – dijo con la voz preñada por la emoción, el recogedor de hojas, mientras abría sus brazos.
Lanzando un grito con un deje cursi, la muchacha se dejó caer al suelo, y el señor la cogió amorosamente; pero una cosa es un liviana y frágil hoja y otra muy diferente una ninfa de cuarenta y muchos kilos. El hombre era bajito y débil; el peso de la muchacha le venció, y juntos rodaron por el fango, en el que pudrían miles de hojas muertas, caídas durante varios días.
La muchacha rompió a llorar desconsoladamente mientras con la voz hipada por la tristeza murmuraba
– Quisiera empezar una vida nueva, pero no puedo. Me falta la fe tras haber extraviado la esperanza. Yo he amado mucho señor mío pero ya ve …
– ¿Qué tengo que ver? – interrogaba el enfangado y fracasado salvador de hojas otoñales.
– Ya no creo en el amor.
– ¿Lo dice en serio? ¿No cree en el amor, ni creerá en él?
– ¡Nunca!, nunca más.
– Pero al menos – preguntó el salvador de hojas – ¿creerá en las flautas?
– ¿En las flautas?, si…en eso, si creo – respondió con asombro la muchacha…
El hombre suspiró aliviado y le dio un cariñoso pellizco en la mejilla.
– Ya es algo – dijo – hay quien no cree ni en las flautas, porque han perdido la ilusión en ese humilde instrumento.
– ¿Y por qué entonces salva usted esas hojas?
– No las he salvado, nadie puede salvar a lo que se ha caído.
– Yo he caído de un árbol – murmuró la muchacha
– No hace falta que lo jure, pero usted no es una hoja.
– ¿Qué soy yo? – filosofó la muchacha.
– Una pregunta sabia…que no se responderle ahora mismo, no recuerdo que cosa es usted ¿Una flauta, quizás?
– Una mucha… – apunto tímidamente la bella.
– ¡Ya! ¡Que estúpido! – exclamó el hombrecillo dándose una palmada en la frente -¡Una muchacha que quería ser hoja!
– ¿Por qué? ¿Por qué? – gritó la muchacha – ¿Por qué me ha hecho usted perder el tiempo hablando de una flauta?
El hombrecillo no contestó, se levantó del enfangado suelo y sin decir una sola palabra sacó del bolsillo una pequeña flauta se la entregó a la muchacha y le dijo
– No desespere, tenga fe, sino puede ser una hoja otoñal al menos puede aprender a tocar la flauta – la estrechó entre sus brazos y le susurró al oído – con constancia en dos meses podrá tocar la flauta, y no importa que sea otoño o invierno, las flautas son atemporales.
La muchacha le sonrió dulcemente y empezó a arrancar de aquella pequeña flauta las notas de una bellísima composición: “Las hojas muertas” – mientras el hombrecillo se alejaba lentamente bajo la lluvia en busca de una pala porque “Les feuilles mortes se ramassent a la pelle” como canta Yves Montandt.

FIN

 

2 comentarios

  1. Estimado Alex:
    Muy bonito relato, felicidades y gracias por compartirlo.

     
  2. Alejandro, de tu pluma siempre sale lo mejor, ha sido un placer disfrutar de tus letras.
    Besos
    Natuka

     

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