Club literario El rincón del caminante

PLATERITO

Este es uno de los cuentos que forman parte de mi libro de relatos infantiles EL CUENQUITO DE LECHE.

Abajo dejo la entrada para descargar el libro.

 

PLATERITO

Dicen que aquel prado es una gozada para los burros que pastan allí. Como diría un viejo maestro amante de los juegos de palabras, allí estos pacen en paz. La mayoría son Jóvenes, libres y retozones. Algo apartados, con andar cansino y mirar desconfiado, un grupo de asnos viejos suelen deambular buscando la acogedora sombra de una encina. Alguno de ellos aún conserva en su piel las cicatrices de una vida llena de sufrimientos en la que un amo salvaje tuvo la desfachatez de llamarlo bestia. Seguramente ese tal amo no se había visto reflejado en el agua de alguna fuente indiscreta.  

Desde hace algún tiempo, como en cualquier república que se precie, en la de aquellos burros destaca uno que a pesar de su amable apariencia se torna tozudo, como Dios manda cuando la ocasión lo requiere. Se llama Platerito. Un viejo conocido dice que de pequeño era peludo y suave. Cosas de familia, según él, pues así había retratado el amo a un antepasado suyo años ha. Platerito vivía tranquilo y feliz en un cortijo andaluz, allá por la tierra de sus abuelos, en Huelva. El amo decía que estaba convirtiéndose en uno más de la familia, pues su trabajo, además de relajado, era la mar de divertido. Se limitaba a pasear sobre el lomo al hijo del dueño los escasos días en que este visitaba el cortijo. Y como era un crío, apenas pesaba lo que un saco pequeño de trigo. El caso es que el chiquillo se hizo mayor y Platerito, a los diez años se quedó sin trabajo. Como el amo necesitase hacer obras en la finca decidió mandarlo a La Casa del Burro.

-Allí tendrás un merecido descanso -le dijo.

Apenas llegó, uno de los mayores se le acercó, lo miró de arriba abajo y después de un levísimo rebuzno que sonaba a añoranza, se limitó a decir:

-Un Platerito. 

Decenas de hermanos andan por aquí. Y este puñetero viejo vino a dar con mi nombre a las primeras de cambio –susurró el recién llegado.

-Es el patriarca –rebuznó Cicerón a la oreja del recién llegado-. Se llama Collarín, es un sabio.

-Ya se nota.

-Dice que conoció a un famoso antepasado tuyo por tierras de Huelva. Hasta escribieron un libro sobre él.

-¿A Platero?

-Como lo oyes. Presume de haber pastado nada menos que en Doñana.

-¿Y cómo vino a parar aquí?

-Cosas de la vida moderna. Entre que ya era mayor para las tareas del campo y que su amo se hizo con un tractor casi nuevo, Collarín se convirtió en un estorbo.

-Da su vida por el amo y encima es un estorbo –protestó Platerito.

-Ya ves. Hasta pretendieron venderlo a un matancero: “Son muchos kilos de carne, y mezclada con la de cochino se convierten en puro beneficio en forma de chorizo”.

-De vergüenza.

-Eres más burro que él –dicen que respondió el matancero.

-¿Que el amo de Collarín era un burro?

-Más bien era un granuja.

-Un granuja y el otro va y le dice que era un burro… No lo entiendo.

Así transcurría aquella primera conversación rebuznante entre Platerito y Cicerón. Este, que ejerció su labor profesional con un arriero, había conocido medio mundo. Se llamaba Ramiro, pero gracias a su experiencia acabó por convertirse en un maestro cuyos rebuznos escuchaban los asnos jóvenes con respeto y admiración. Uno de ellos, cuyo amo sabía algo de latines lo rebautizó como Cicerón. Y con ese nombre se quedó. Lo que no le quedó muy claro a Platerito es por qué el matancero llamaba burro al amo de Collarín.

-Los hombres llaman burros a algunos de sus semejantes –rebuznó Cicerón.

-Pero sin duda, se referirán a gente noble y trabajadora…

-Amigo… Se nota que tu vida en el mundo humano se movió en torno a la inocencia infantil…   

-Entonces…

-Llamar burro a un hombre es algo así como decirle que es una mala bestia…

Aquello fue para Platerito el mazazo más grande recibido en su vida. ¿Acaso era esa la opinión que los humanos tienen del burro, uno de sus más fieles amigos? ¿Qué fue de millones  de viajes a lomos de un asno en busca del pan de cada día? ¿Se habían olvidado de que aquel famoso Jesús nacido en Belén encontró la paz siendo una inocente criatura gracias a su huída a lomos de uno de sus lejanos antepasados?

-¡Ay, Platerito, Platerito!, ya nadie se acuerda ni de de tu bisabuelo, aquel Platero que hizo las delicias de miles de niños –rebuznó Cicerón-. Salvando a nuestro amo y poco más somos sólo un recuerdo lejano.

Otro burro, sabio por viejo y por asno, que escuchaba la conversación se limitó a susurrar:

-Piensa el ladrón que todo el mundo es de su opinión.

Una sombra de tristeza voló en aquel instante sobre La casa del Burro.

Un regalo para vuestros pequeños: http://espanol.free-ebooks.net/ebook/El-Cuenquito-de-Leche

Y algo más aquí:

http://espanol.free-ebooks.net/profile/98174/manuel-cubero-urbano

 

 

 

1 Comentario

  1. ¡Precioso, Manuel!
    Ahora descargaré el libro para mis nietos.
    Gracias por compartir este hermoso relato.
    Saludos
    Delia

     

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