Club literario El rincón del caminante

Quiquin

Quiquin

Tía, ¿necesitas algo? —preguntó Pepe.

   —Las croquetas para Quiquin, recuerda que son las especiales para los perros Cocker Spaniel.

   “Es curioso”, pensó Mary, recién viuda de Juan, “qué Él se adelantará a Quiquin y a mí, mi pobre perrito ya está tan viejo y yo con mi cáncer que el doctor dice que ha remitido, no curado, por lo que tengo que cuidarme y seguir con los tratamientos”.  

   Juan, de 82 años, la semana anterior al levantarse y cuando se abrochaba los zapatos se desplomó y su corazón dejó de latir. Ingeniero agrónomo jubilado presumía que a pesar de su edad estaba sano y eso mismo dijo el facultativo que hacía poco le había hecho un check up médico. El mismo doctor al extender el certificado de defunción aclaró “el corazón es muy traicionero”.

   A Mary, con veinte años menos que su marido, le habían detectado cáncer y le daban poco tiempo de vida, por lo que Juan siempre asertivo se había adelantado a los acontecimientos: contrató en la funeraria un servicio de cremación. El veterinario, antiguo compañero de trabajo, le había preparado una poción para Quiquin para que acompañara a su amita cuando ella pasara a la dimensión desconocida, también sería cremado y las pavesas de ambos los esparciría en el jardín. Nada de columbarios en las iglesias pues, aunque era creyente no era practicante.  Sin embargo, la vida da sorpresas. El marido fue cremado y sus cenizas, después de una misa, se colocaron en el columbario de la Catedral.

 

La familia se sorprendió que la viuda estuviera tranquila y tomara las cosas con calma, sólo su sobrino la ayudaba con la compra ya que el tratamiento que recibía la dejaba agotada y dormía a toda hora.

   —Señora soy de la compañía federal de electricidad y vengo a revisar su medidor. —dijo la persona de mediana edad.

   Mary le abrió la puerta y lo dejó pasar. Pronto ella se dio cuenta de que algo no estaba bien, Quiquin le ladraba al desconocido y el hombre de una manera grosera le dio una patada. El adolorido perrito se refugió debajo de una mesa.

   —Pronto el dinero y prepáreme un trago que tengo sed, si no quiere que también a usted le dé una chinga —dijo el falso electricista.

   —Whisky con agua.

   —De acuerdo.

   El ladrón se subió al carro de Mary y al irse le dijo: “vieja cabrona, lo único que me sirve es su coche, ya ni chinga tiene puras porquerías. Cuidado con llamar a la policía porque después vendré a ajustar cuentas”.

 

El policía de caminos tocó la puerta de Mary y le preguntó por su automóvil. Ella le comentó que no sabía ya que lo dejaba estacionado en la banqueta y no estaba en su lugar.

   —Pues lo encontramos en la carretera con una persona muerta.

   Mary no le dijo que al ladrón le había preparado un whisky con la poción del Quiquin. No debió de patear a su adorado perrito.

   

 

6 comentarios

  1. Jajajaja!!! Muy bueno, Héctor.
    Fue un gusto leerte.
    Saludos.
    Delia

     
  2. Es un relato entretenido, y que disfrutamos más en la medida en que nos gustan los perros. Felicidades, Héctor.

     
  3. La bebida siempre trae malas consecuencias.
    Disfruté el relato.
    Shalom amigazo

     
  4. Mi querida Delia:
    Te envío un saludo desde el norte de México. Un abrazo.

     
  5. Mi buen Jesús María:
    A mí también me gustan los perros, tengo de mascota a un hermoso Akita Innu americano. Gracias por tus felicitaciones. Un abrazo.

     
  6. Mi buen Beto:
    Es un placer y un honor tenerte por acá. Un abrazo.

     

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