Club literario El rincón del caminante


Club literario El rincón del caminante

TIEMPO SE RENACER.

TIEMPO SE RENACER.
La tarde se tornaba plomiza, tanto disfrutaba de la madre Naturaleza que me gustaba internarme en ella y más en éstas fechas navideñas en que la nostalgia me invadía evocando a mi padre quien ya no estaba en éste mundo. Todo me recordaba a él. Caminar por la hojarasca y escucharla crujir bajo mis pies. Ése trinar de las aves anunciando el fin del estío y no dejaban de cantar haciendo piruetas entre las ramas secas que guindaban de los árboles. Yo seguía abstraída en mis pensamientos en medio de aquel bosque donde sentía una gran paz.

Inesperadamente el viento comenzó a soplar y a dejar oír su temible silbido, trayendo junto con él una onda gélida que me hizo pensar en la muerte.
Tiritando de frío me dirigí hacia una vieja cabaña que divisé a lo lejos, al estar frente a la puerta me atreví tocar.

…–¿Hay alguien ahí?…–. Pregunté con cierto temor.

Al no recibir respuesta di vuelta a la cabaña para asomarme por entre la rendija de una ventana trasera pero, lo que vi parecía una choza lúgubre y empolvada.
Regresé por el frente de la misma, me disponía a tocar de nuevo cuando de pronto escuché la voz cavernosa de una anciana invitándome a pasar.

…–Adelante, puede pasar, la puerta está abierta…–, 
dijo en voz alta para que yo la pudiera escuchar.

Su profunda voz me hizo recordar los cuentos de brujas y gnomos que leía de pequeña, 

¿Qué tal si esta mujer fuera una hechicera, mi mente sé cuestionó y también me dijo: tal vez la cabaña esté embrujada y esta señora me convierta en sapo, o tal vez en otra de las aves del bosque?

Me detuve por un momento arrepentida de mi osadía por haber llamado a la puerta.

…–Bueno ya estoy aquí así que me armaré de valor y entraré…, pensé.

Al hacer contacto con la intención de abrir la pesada hoja de madera, ésta no necesitó ningún esfuerzo que yo recuerde para abatirse. Haciendo con ello un rechinido largo y espeluznante que me puso los pelos de punta. Mientras se movía y sé oía el chirrido de las bisagras mi cuerpo sintió un escalofrío recorrer por la espina dorsal hasta llegar a la punta de los pies.

…– Adelante mujer no temas, entra…–. 

Murmuró la anciana quien se encontraba oculta de mi vista detrás de la puerta, había ido a recibirme.

No pude evitar pegar tremendo brinco del susto al escuchar su voz ahora tan cerca. Como si se hubiera desplazado flotando por el aire en unos segundos sin hacer ruido alguno, lo cual me hizo retroceder espantada.
…–¡Espera, no te vayas!, entra…–, exhortó, ahora con voz en tono suave, insistió, mostrándose hasta éste momento ante mis ojos.
Era una mujer de esbelta y diminuta figura, sus ojos claros sé asemejaban al azul del cielo. Ése brillo que emanaba de su mirada y su sonrisa armoniosa la hacían ver especial. Su larga y blanca cabellera era lacia le llegaba hasta la cintura. En cada surco de su angelical rostro llevaba marcado el sufrimiento, que me inspiró confianza. 

…– Hola dulce anciana pasaba por aquí vi la cabaña y quise saber quién vivía en ella, suelo merodear por éstos lugares a menudo, y nunca había visto su cabañuela, es bella…–.

…–Pero pasa muchacha, no te quedes ahí, cambia esa cara que parece como si hubieras visto un fantasma…–.

Apenada le extendí la mano en forma de saludo, y ella respondió de la misma manera.

…–Me llamo Helena…–, 
le dije dirigiéndome a ella y sin dejar de ver a mi alrededor con cierto temor. 

La anciana de blanca y larga cabellera me guío hasta un roído sillón que se encontraba frente a la gran chimenea.

…–Pero siéntate niña que vienes entumida de frío…—.

Manifestó con voz agradable como si fuéramos viejas amigas. Para luego a paso lento dirigirse a lo que sería su cocina, pronto regresó con dos tazas de té las cuales terminamos en medio de una larga charla.

…–Mi nombre es Isadora, que significa regalo de la luna, dijo, tengo muchos años viviendo alejada de la gran ciudad…–, siguió.

…–Hace al menos cinco décadas me enamoré de un marinero y cuando estábamos a punto de casarnos…–. 

Sin poder seguir su historia comenzó a gimotear. 
El barco de su amado naufragó y jamás lo volvió a ver.

Pude darme cuenta de lo mucho que le afligía recordar a su amado. Me acerqué a ella y tomándola de la mano la invité a desahogarse.

Después de escuchar su romántica historia de amor muy parecida a la mía, no pude evitar que unas lágrimas rodaran por mis mejillas.

Fue tan interesante conocer a Isadora, que terminamos siendo amigas.
La tarde sé fue escondiendo en el velo luminoso de la noche. Las estrellas titilaban con más esplendor, y yo, olvidando la pena que me había llevado a ese lugar, me sumergí en la magia de aquel bosque encantado donde conocí a mi adorada Isadora. 
Desde ése momento la sentí tan familiar.

¿Sería porque ambas teníamos algo en común? 
Supimos amar con gran intensidad.

Me quise despedir de ella, quién no permitió que me marchara por temor a que fuera atacada por algún animal del bosque. O tal vez me perdiera en la espesa oscuridad. 
A pesar de que una luna menguante dejaba pasar los tenues rayos de luz entre los árboles para iluminar apenas el camino. 
Esa noche fui su huésped, su amiga y la única compañía que tuvo en quién sabe cuántos años.

Me acondicionó una cama en el sofá de su desvencijada sala, retirándose enseguida a su habitación para a su vez poder descansar tranquila.
Otro día al despertar con los huesos molidos a causa de los resortes saltados del viejo sillón, sentí el sol que se coló por el dintel de la ventana encandilando mis pupilas. 
De un salto me levanté del tibio aposento y me acomodé una larga bata afelpada que ella me había prestado. Después de doblar las cobijas me senté a la mesa a esperarla un momento para despedirme y agradecerle su hospitalidad. 

Los minutos pasaron hasta que me decidí a llamar a la puerta de su recamara
…–Buen día Isadora…–, 
enuncié, tocando levemente.
Al no obtener respuesta me dirigí a la salida, tal vez había ido por leña para la chimenea, tenía que regresar a casa e Isadora no aparecía por ningún lado, tal parecía que sé la había tragado la tierra.
Pasó algún tiempo y al ver que no llegaba decidí marcharme del lugar.
Al final del día llegaría noche buena y yo no había comprado aún nada para la cena. Salí del monte triste por no haber podido despedirme de mi nueva amiga.
A dos o tres kilómetros en el mirador de la carretera había estacionado mi coche al cual me dirigí desconcertada.

Al llegar a casa llamé a Abigaíl, una de mis mejores amigas y quedamos en que cenaríamos juntas, así que me dirigí al supermercado a comprar lo necesario para la cena.
En ése momento vino a mi mente una idea. Si, le pediré a Abigaíl ir a pasar la noche buena con Isadora, así nosotras tendremos compañía y ella no estaría sola.
Después de llamarla y ella aceptar gustosa me dispuse a preparar la suculenta comida. 
…–Que sorpresa sé llevará mi nueva amiga…–.
Ufana manifesté.

Mientras compraba pensaba en la dulce Isadora.
¿Cómo era posible que una persona como ella pudiera vivir tantos años sola y alejada del mundo?
Entonces recordé una poesía que había leído por ahí, la cual recité sin lograr comprender la vida.

“¿Para qué amar tanto si de pronto un día,
termina todo como termina la alborada?
Plantar resquicios solamente de caricias
y seguir viviendo para siempre de remembranzas”.

¡Pobre Isadora, pobre de mí! Musité.
Regresé de la tienda con lo necesario para la cena. Apenas si me quedaba tiempo para arreglarme un poco, tendríamos que ganarle tiempo al tiempo.
Luego de preparar lo que me correspondía y arreglarme de manera sencilla para la ocasión especial dieron las siete de la tarde. Escuché unos leves toquidos en la puerta que había dejado entre abierta esperando a Abigaíl.

…–Adelante amiga, la puerta está abierta…–. 

Ésta entró elegantemente ataviada, era noche buena y había vestido sus mejores galas que la hacían ver radiante y muy elegante. A pesar de sus treinta y cinco años lucía como una quinceañera.

…–¿Sabes?.., le dije…—, 
…– A donde vamos no es necesario vestir con elegancia, pero, no te preocupes con unos zapatos de piso te verás bien…–.

¿Puedes subir las cosas al coche en tanto yo termino de peinarme?

Después de hacer lo propio nos dirigimos a la cabaña de Isadora.
Entre risas y bromas llegamos a las afueras de la ciudad, donde se encontraba mi adorada nueva amiga, sentía como si la hubiera conocido de toda la vida.
Al llegar al mirador me estacioné donde siempre lo hacía y comenzamos a bajar las cosas, había que trasladarlas a dos o tres kilómetros y teníamos que ascender una colina. 

Pronto la blanca nevisca revestiría el lugar, entretanto el gélido viento golpeaba nuestros rostros, sentía que no podía mover ni los dedos más sin embargo me ilusionaba tanto pasar la noche buena con la dulce Isadora.
Inesperadamente del otro lado de la carretera cruzó un hombre que a pesar de aparentar casi los ochenta años moviéndose con agilidad nos alcanzó diciéndonos.

…– Buenas tardes queridas damas, perdonen la molestia, pero ando buscando a alguien que no veo desde hace muchos años…–.

Por su buena pinta, sus finos modales y su evidente buena educación le respondí sin temor.

…– ¿Y cómo podemos ayudarle buen hombre?…–.
A lo que él respondió.

…– Déjenme decirles que con trabajo recuerdo las cosas y creo por éste rumbo vivía la persona que necesito encontrar, es que ha cambiado mucho el lugar, espero que aún todavía viva…–.

Mi amiga mientras ponía los recipientes sobre el cofre del vehículo aún caliente le preguntó.

…– Denos algún dato a ver si conocemos a la persona que busca…–. 
Él un poco apenado nos dijo:

…– Es que es una historia larga…–.
Al oír aquello instintivamente también puse el recipiente que llevaba sobre la parte delantera del vehículo para escucharle decir:

…– Mi nombre es Cornelius Meyer, fui capitán de un barco que naufragó hace cincuenta años…–.

Al oír aquello sentí erizase los bellos de mis antebrazos y seguí escuchando con interés:
…– Venía del viejo continente hacía acá con la ilusión de casarme, pero, mi barco naufragó…–.
Mis ojos sé asombraban más con cada palabra que decía éste hombre quien continuó con su historia:
…– Estuve en coma muchos años…–.
..–Recuperé el sentido, pero no así la memoria…–, sólo hasta hace poco fue que empecé a recordar lo que era mi vida a mis veinti cinco años…—.
En ese momento totalmente incrédula le pregunté:
…–¿Recuerda usted el nombre de la mujer con quién se iba a casar?…–, a lo que el hombre respondió:

…—¡desde luego!…–. …– ¡Su nombre es Isadora!…–.
Casi me caigo de la sorpresa y con gran entusiasmo le dije:
¡ Venga con nosotras…–, creo conocer a quien busca!…–.
Feliz, el hombre se aprestó apuradamente a ayudarnos para ir con nosotras.

Extenuados al fin después de media hora de caminar en medio del boscaje deshidratado transportando la suculenta cena, pudimos divisar a lo lejos la bocanada de humo que emanaba de la vieja chimenea de la cabaña de Isadora:

…– Al fin llegamos…–, emocionada exclamé.

A unos cuantos pasos de la cabaña le pedí a Cornelius que esperara en tanto yo preparaba a Isadora para darle la buena noticia.
El hombre sé quedó oculto detrás de un ocote, mientras nosotras cargábamos los recipientes que él traía.
Al llegar a la puerta no pude impedir gritar de júbilo:

…– Isadoraaa, Isadoraaa…–.

Misma que se asomó por la ventana para luego apresurarse a abrirnos:

…–Pero, pasen, pasen…–, repitió contenta y sorprendida al vernos.

Después de depositar las vasijas y las bolsas que llevábamos en la mesa de la amplia cocina, le presenté a Aby como le decíamos sus amigas y a la cual Isadora abrazó cariñosamente. 
Luego después de la presentación, tomé a Isadora de la mano y ahora fui yo quien la invitó a sentarse.
Pude darme cuenta que se había puesto un elegante vestido de color celeste mismo que hacía juego con sus pendientes y con sus bellos ojos.

…–Isadora…–, le dije, en ése momento sentí que los nervios me traicionaban de tanta emoción.
Abigaíl y yo hemos decidido pasar la noche buena contigo, pero, también traemos a un invitado especial es un regalo de la luna para ti.

Isadora extrañada sé quedó pensativa, hacía tanto que no tenía invitados en su cabaña, luego de esbozar una leve sonrisa respondió:

…– Hoy es nochebuena, mañana navidad, y las puertas de mi humilde casa están abiertas para quien quiera compartir…–.
En tanto Helena impaciente se dirigió hacia la puerta, haciéndole señas a Cornelius para que se acercara.
´Mismo que se apresuró hasta donde estaba ella.

..–Adelante…–, 
El hombre no cabía de tanta emoción, 

…–¿sería posible que se tratara de la misma persona?…–. Pensó.

Al llegar a la puerta, Helena ansiosa lo tomó de la mano para luego guiarlo hasta donde sé encontraba Isadora, quien al verlo entrar, se puso de pie y, ambos se quedaron viendo fijamente como queriendo retroceder el tiempo.

¿Isadora? Preguntó el hombre emocionado
.
¡Cornelius! Exclamó ella sorprendida.

Un gran sosiego sé dejó escuchar, tal parecía que las aves y todo el universo se habían colapsado ante éste extraordinario milagro. Las lágrimas de felicidad inundaron sus ojos al momento que los dos comenzaron a acercarse para fundirse en un largo abrazo. No hubo necesidad de palabras, así estuvieron largo rato intercambiando mimos, tratando de recuperar el tiempo perdido. Hasta que Helena los interrumpió:

…– ¿Cenamos?…–.

La alegría invadió el lugar los cuatro sé sentaron a disfrutar de la exquisita cena y un delicioso vino, no sin antes dar gracias al Creador por éste milagro de amor.
Así transcurrió la noche entre charlas y risas, Cornelius e Isadora no sé cansaban de dar gracias al Supremo Hacedor y así mismo a sus nuevas y bellas amigas.
Que desde ahora formarían parte de su familia, serían las hijas que nunca habían tenido. Desde ése momento nunca más volverían a separare. 

Autora: Ma. Gloria Carreón Zapata.
Obra Literaria Registrada.
Mexicana.

Imagen tomada de Google.

 

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