Club literario El rincón del caminante

Trasladando letras: Un cuento para padres díscolos.

 

 

UN CUENTO PARA PARA PADRES DÍSCOLOS

 

Los padres de Eusebito Zarzalejos estaban raros. Habían perdido el apetito. Apenas probaban bocado y hacían gañotas delante del plato. Eusebito, su hijo, con seis añitos acabados de cumplir se vio en el trance de intervenir para reconducir esta situación de caprichosa inapetencia que mostraban sus mayores.

Tal como había experimentado el mismo, años atrás, pensó que quizás un cuento podría ayudar a que aquellos rebeldes se comieran la sopa de fideos que constituía el plato fuerte de la cena. 

– Si os coméis toda la sopa de fideos y la manzana de postre, os contaré un cuento, un precioso cuento, apto para todos los públicos.

– ¿A mí también Eusebito? – farfulló el abuelo al que se le escapaban las consonantes a través de su desdentada boca.

– ¡Claro venerable abuelo! – pero a condición que no dejes nada en el plato.

– ¿Será un cuento de miedo? – preguntó curiosa la madre de Eusebito.

– ¡Uyyy! – exclamó Eusebito, poniendo los ojos en blanco; ¡Ni te lo imaginas!

Con esta interesante promesa, el matrimonio Zarzalejos y el abuelo, materno para más detalles, devoraron en un santiamén la cena con la intención de escuchar el cuento anunciado.

Acercaron sus sillas al lado del fuego de la chimenea y rodearon a Eusebito, formando un bello y conmovedor cuadro de unión familiar. Hipólito, el padre de Eusebito, se sentó en una de las rodillas del niño y Brígida, su madre en la que le quedaba libre. Isidro, el abuelo se sentó a los pies de Eusebito junto al fuego,  mientras intentaba desenredar los pelos de su blanca y larga barba de las sandalias del niño, que empezó a relatar el cuento prometido.

– “Érase una vez un hijo muy laborioso que tenía dos padres muy mal educados y un abuelo de comer aparte. Muy desobedientes y caprichosos, algo que sumía a su hijo en una profunda y desoladora tristeza.

– ¡Eso no vale! – gritó la madre con ira – ¡Esto es un cuento moralista, no es de miedo! Nos prometiste un cuento de miedo….si no nos lo cuentas voy al lavabo a vomitar la cena…

– ¡No me interrumpas! …a ver si tengo que acostaros, sin cuento ni niño muerto. El cuento acaba de empezar y os puedo asegurar que os helaréis de miedo, y el abuelo es capaz de arrancar los pelos de la alfombra.

Todos callaron asustados que Eusebito cumpliera la amenaza y los acostara de inmediato, y además les cerrará la luz.

– Como os iba diciendo:

 “Era una noche de intenso frio. Nevaba de forma inmisericorde. Los enormes copos de nieve empezaron a cubrir los muebles de la casa mientras los padres del niño se disponían a salir al casino del pueblo a seguir su disipada vida de café y copas. En estas estaban, cuando de repente se apagaron todas las luces y unos extraños gemidos empezaron a oírse por la casa. Parecían salir del interior de los armarios cubiertos por la nieve”

– ¿Eusebito – inquirió con malsana curiosidad su padre – ¿Tenían corriente alterna o continúa en esta casa? (el padre había trabajado de electricista en sus años mozos).

– Ni una ni la otra, papá, tenían una corriente trifásica con toma de tierra y diferencial automático.

– Ya…- murmuró el padre, asintiendo con la cabeza.

– “Entonces los padres y el abuelo cayeron aterrados al suelo, pues no se atrevían a sacar los sombreros y los abrigos de aquellos armarios que parecían gemir. Pero el hijo, que era muy valiente, se dirigió a  los mismos y los abrió de par en par; dentro de uno de ellos había un bombero muerto, que lloraba desconsoladamente”

– ¿Pero si estaba muerto, como podía llorar? – preguntó el abuelo con extrañeza.

– Porque era un bombero muy sentido – respondió con gran aplomo Eusebito – luego continuó:

 – “los traviesos padres y el díscolo abuelo quedaron mudos de espanto al ver como su hijo sacaba  de un puntapié al lloroso bombero, y sin temblarle lo más mínimo sus blancas y pequeñas manitas, abrió los otros armarios y aparecieron otros dos bomberos más, ahorcados con sus mangueras. Entonces el hijo gritó con ira: ¡He aquí el justo castigo a vuestras frívolas conductas! Si todavía queréis seguir yendo a malgastar vuestras vidas a un café, en vez de coger vuestros sombreros, tendréis que llevar un bombero muerto sobre vuestras locas cabezas”

– ¿Y qué pasó después? – interrogó doña Brígida, comiéndose las uñas.

– Pues pasó lo que era de esperar de tres padres tan viciosos como aquellos…y otros que me sé y me callo.

“Se pusieron sus bomberos muertos sobre sus cabezas, los ladearon bien y se fueron al café, silbando como si tal cosa” . Y colorín colorado este cuento se ha acabado.

– Más, otro más – pidieron al unísono los padres, y el abuelo que se había hecho pipí encima.

– Basta por hoy, ahora como unos buenos padres que sois, y el abuelo es, os laváis los dientes, rezáis vuestras oraciones y os acostáis. Mañana tenéis que trabajar, y el abuelo tiene hora al psiquiatra… ¿o yo? 

 

FIN

 

Código: 1404270688873
Fecha 27-abr-2014 18:53 UTC
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Comentario por Daanroo Mattz el abril 28, 2014 a las 5:33pm
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La palabra díscolo superflua al mismo hombre, ya sea padre, madre, abuelo, o el hijo mismo.

Como antecedente más precario, somos tal cual nuestro Padre anticipó, pues “nos pidió”, no comer ciertos manjares, e iniciamos justo “su castigo” al hacerlo.

La pregunta aquí quedaría en “Cuál justo castigo puede haber para “el hijo díscolo” si ya de anticipado fue el mismo su cause, su enseñanza y el mismo atestigüe de un punto muerto.”

Yo diría, mi estimado caballero, que tendríamos que ponernos en la perspectiva de la fortuitidad, pues estando inmersos en la luz del amor, acomplejamos hasta nuestros  propios tormentos y todo por el simple hecho de habernos nacido en carne; y no hablo sólo de nuestro Padre-Eternidad… sino del Hijo-Sublime, aquel que materializado como perdón, ya dejó de antemano un camino a seguir, un castigo como principio y una resolución dada “al justo y al injusto.”

 

La realidad… pues,  habría de hacernos suponer lo que vendrá como único fin compensatorio y testimonial de lo que realmente somos.

Pero vea que amoroso siempre resulta nuestro Padre, que nos ha dejado ya otra de sus caricias afectivas, simplemente para honrarle, sin más mediación díscola que la de abrazarnos el alma, para formarnos a su imagen, antes y después de todo tiempo.

 

Eclesiastes 3:15 dice:

Aquello que fué, ya es:

y lo que ha de ser, fué ya;

y Dios restaura lo que pasó.

 

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