Club literario El rincón del caminante

Trasladando letras: “Un montón de moscas”

 

 

Claudio sintió que unos grandes ojos lo observaban, y despertó para encontrar frente a los suyos un punto negro que lo sobresaltó y desapareció de repente dejando una sensación juguetona en la punta de su nariz. Movió sus ojos escrutando la media luz de la habitación sin poder ver nada y cuando suspirando volvió a entregarse al sueño, algo se poso en su frente. Dio un manotazo y le pareció sentir algo; creyó haber rozado o aplastado algo con el torso de su mano y se incorporó buscando la luz.
Al encender el velador miró a su alrededor y no pudo encontrar nada. Sintió unos escalofríos porque su pavor hacia las arañas era incurable, se aseguró que no hubiese ninguna deambulando entre sus sabanas, apagó la luz y giró de espalda a la pared tratando de conciliar nuevamente el sueño. Pero sus ojos quedaron clavados en los numeritos rojos de la alarma que dibujaban un cinco, un tres y un ocho; y entendió que no le quedaba mucho tiempo para que sonara sumergiéndolo en un repentino e inevitable mal humor que tardaría un buen rato en desvanecerse.
Al cabo de un tiempo algo lo sacó de su placentero sopor, abrió los ojos y bajo el resplandor del día vio que el reloj había sumado varios dígitos a su pantalla luminosa y como estaba a punto de sonar lo desconectó, entonces un especie de zumbido rasposo dirigió sus pupilas hacia un costado de la mesa de noche. Había algo borroso que vibraba y daba vueltas en círculos concéntricos emitiendo una especie de susurro molesto que le erizó sus cabellos. Se enderezó un poco azorado y se tranquilizó cuando descubrió que era una simple mosca. Un tanto repugnante por cierto y cuando por momentos se quedaba estática, lograba ver un color verde-azulado en su lomo que le recordó a su abuela cuando le explicaba que esas, eran las asquerosas moscas de la carne.
Pues si, era bastante asquerosa y puesto a que estaba un tanto desvencijada y mutilada dándole aun más un aspecto repulsivo, recordó lo ocurrido más temprano, lo del manotazo en su frente. No podía quitarle los ojos de encima, aquel metalizado color sumado a las vibraciones que producían sus alas tratando de remontar aquel vuelo imposible para su estado deplorable, lo mantenían como adormilado produciéndole un peso en sus parpados y una sensación de levedad que lo nutrían de esa seudo vigilia de la que le costaba salir.
Sacudió la cabeza para despejarse, se levando y corrió en busca de un trozo de papel higiénico con el que envolvió el insecto y volviendo al baño, dejó que el torbellino del excusado se encargase de su inhumación.
Cuando regresó a su cuarto, una sensación incomoda le produjo ver tres puntos negros dibujando un triangulo en la pared del respaldo de su cama. De repente uno se movió para crear una línea recta con los otros dos, y luego otro dio un giro para nuevamente formar el triangulo. Levantó la persiana para que el sol limpiara su pieza y cuando volvió a mirar la pared, el estuco estaba tan blanco y limpio como siempre. De repente una corneta sonó en su oído izquierdo seguida de una horrible sensación pinchosa y viento como si alguien hubiese metido un ventilador en miniatura en su oreja; o peor aun, como si una pequeñísima avioneta hiciera piruetas por el conducto auditivo. Su pánico fue total. Su pecho se contrajo de la impresión e instintivamente sacudió la cabeza mientras golpeaba su oreja con la mano, de pronto, el silencio.
Alguna que otra vez sintió el molesto zumbido de un mosquito sobre la oreja, pero esto había sido diferente, espantoso, como si algo enorme hubiese querido penetrar en su cerebro a través del oído, y aun parecía estar ahí, pero era solo la sensación; lo supo, porque a un lado de la lámpara del techo aparecieron los tres puntos moviéndose de un lado a otro de una forma entrecortada, histérica y nerviosa, de repente se desplomaron sobre el como si el pegamento de las patas se les evaporara haciendo que instintivamente se agachara para esquivar el ataque, pero giraron en un imposible ángulo recto y salieron por la puerta hacia el comedor.

Era bastante raro encontrar moscas de ese tipo y tamaño en el apartamento, puesto que vivía en un piso quince, las ventanas estaban casi siempre cerradas por el aire acondicionado y digamos que es una altura considerable y poco probable para estos bichos de alcanzar por si solos, salvo que alguna se colara por el ascensor desde el salón de entrada.
Eso fue lo que pensó, y preparándose para una ducha se internó en lo cotidiano.
Cuando salió del baño quedó paralizado en el umbral mirando hacia la puerta corrediza del balcón, sobre el vidrio habría unas siete u ocho, quizás mas moscas repugnantes dando golpecitos secos contra el cristal entre el ronronear de sus alas, como queriendo salir atraídas por el resplandor. Se acercó despacio e impresionado, como a un metro se detuvo, encorvó su cuerpo y estiró su mano hacia la traba y con fuerza abrió rápido de par en par una de las hojas pero para su asombro y fastidio vio como las muy desgraciadas emprendían su vuelo como catapultadas en sentido contrario y hacia la cocina. Pensó que eso era el colmo y frunciendo el ceño se dirigió tras ellas. Lo primero que hizo, fue revisar la basura pero el contenedor estaba prácticamente vacío, no había platos sucios en la mesada y nada olía mal. Estudió con sus ojos la moderna arquitectura en busca de puntitos negros pero no encontró nada.
Puso a calentar una taza con agua en el microondas para prepararse su té verde favorito y su mirada buscó la azucarera de vidrio que normalmente estaba sobre la mesa de desayunar; pero no la encontró. Bueno; en realidad si, pero esta era un poco mas grande y negra como de cerámica texturaza y su contorno vibraba como cuando uno mira con la vista cansada y cambiaba de forma. Parpadeó varias veces de manera nerviosa y rápida y se acercó, y el movimiento de su cuerpo hizo que una nube oscura despegara en todas direcciones y se perdiera entre los diferentes recovecos como si el cristal de la azucarera muriera y su alma lo abandonara en ese preciso instante y desapareciese en el éter.
Sintió nauseas cuando vio el pálido vidrio de la azucarera decorado por miles de puntos negros de pegoteado excremento dejados con la mayor naturalidad por esas horripilantes alimañas. Recordó que tenía un aerosol insecticida en el armario y creyó que debería rociar prácticamente toda la casa porque ahora, eran sin duda incontables. Mientras rebuscaba entre los estantes del mueble, el microondas comenzó a emitir un sonido raro, como un silbido, pensó entonces que estaría por quemarse aunque no era muy viejo, cuando su luz comenzó a apagarse y prenderse de forma intermitente. El silbido se hizo mas intenso y comenzaron a oírse pequeñas explosiones, secas explosiones, como de palomitas de maíz cocinándose y un olor como de azufre mezclado con colonia barata comenzó a filtrarse desde su portezuela. De repente las explosiones fueron tantas y tan fuertes que sonaban como el motor de una vieja motocicleta, ronco y continuo y el vidrio se fue manchando de un amarronado y a veces amarillento salpicado produciendo un efecto abstracto y descendente.
Prácticamente fuera de sí, no supo de donde provino el valor para que su dedo oprimiera el botón del horno y su puerta se abriera, pero si supo que no encontraría el valor para limpiar aquella inmundicia. Jamás había visto algo tan repugnante. No comprendía lo sucedido, cómo hicieron esas moscas para entrar ahí, recordaba haber puesto la taza y nada mas había dentro. Ahora, era un desparramo de una sustancia nauseabunda y pegajosa condimentada con patas, alas, trompas, cabezas y otras cosas que aun se movían y buscaban escapar hacia el aire fresco de la cocina.
Su cerebro no podía armar ninguna figura con las piezas esparcidas de aquel rompecabezas, no existía circunstancia alguna como para que tantas moscas hubiesen invadido su hogar. Pero si no provenían de ahí, ¿entonces de donde?
Pensó que probablemente algo andaba mal en alguno de los apartamentos del piso y decidió salir a averiguarlo.
El corredor estaba tranquilo, por demás de sereno, no había a la vista ninguna bolsa de basura olvidada en algún rincón ni comida esparcida por el suelo. Pero la quietud era extrema, inusual. Había otros dos apartamentos, uno enfrente del suyo y el otro a la derecha, a la izquierda el ascensor. Una familia de cinco vivía al lado y una señora mayor en el opuesto. Por un instante pensó lo peor, podía haberle pasado algo horrible a alguien pero era improbable que fuera a la numerosa familia del costado aunque si mas probable a la anciana que vivía sola cruzando el pasillo. No se veían moscas revoloteando por el palier ni tampoco saliendo por las rendijas de las puertas aunque si se notaba desde allí afuera un olor extraño, indescifrable, como inundando el aire en derredor, proveniente de ningún lado en particular.
Solo por precaución golpeó primero en la puerta de la viejita; y una segunda vez, pero nada, lo mismo ocurrió con la familia del “c”, nada. En realidad no significaba mucho debido a que era un martes, un día entre semana como cualquier otro, gente trabajando, niños en la escuela, la anciana en el almacén… pero ese sentimiento, no un presentimiento pero si una sensación dejando una huella molesta en su estomago; y esa calma que anegaba el piso quince.
De vuelta en su apartamento, se detuvo pensativo un momento en la entrada agotando todas las posibilidades y nada, nada concurría a su mente que fuera lógico o que el pudiera hacer. Solo decidió ventilar los ambientes, desinfectarlos y encargarse del microondas cuando volviera del trabajo.
Volvió al baño y comenzó a cepillarse los dientes, no sin antes inspeccionar el cepillo cuidadosamente en busca de algún resto indeseable. Todo parecía normal excepto por el retrete, cuya tapa subía y bajaba muy lentamente, suave, sin llegar a golpear en el asiento pero de una manera rítmica, preocupante. Con el cepillo aun en su boca, la observaba inquieto e indeciso, pensó tanto en salir corriendo como en abrirla y le puso un pie arriba. Podía sentir la presión que empujaba la tapa y su pierna, sentía como intentaba abrirse y en seguida aflojaba para volver a cerrarse, el sanitario parecía latir como con vida propia. Cada vez que la tapa se levantaba un poquito se oía un apagado ulular, como el eco de un interminable grito proveniente del lejano fondo de una caverna. Soltó el cepillo y tomó el desatascador de drenajes que estaba a su alcance y sujetándolo por la goma, puso el palo a un lado del pie que sostenía la tapa, entre ésta y el asiento, hizo su cuerpo a un lado y sin tiempo para arrepentirse con un movimiento preciso, la abrio.
Una nube negra oscureció el baño escoltada por un sonido sordo e impresionante como el de mil motores al unísono, intimidante.
Sus ojos vieron negro y sus oídos se taponaron con un espeso horror.
Contra su cara golpeaban como pequeñas piedras que rebotaban y volvían a golpear insistentes pareciendo buscar cualquier orificio, sobre la piel de todo su cuerpo sintió el corretear de miles de patitas duras cuyos espolones pinchaban la epidermis como en una macabra sesión de acupuntura. En aquella vorágine ensordecedora imaginó una inmensidad de palpos maxilares como infectas trompas que se contraían y extendían de manera enfermiza succionando cada poro de su cuerpo atraídas por la sal de la transpiración y la adrenalina. Y esos enormes ojos que contenían cientos de otros ojos sin una mirada fija pero con un solo destino: su ser. Conteniendo la respiración, con sus parpados apretados y sus brazos desesperados buscaba la salida, pero en aquella tormenta desorientado por el pavor, no veía más allá de unos escasos centímetros. No pudiendo contener el aliento por mucho mas, sus fosas nasales se relajaron para dejar ingresar el aire que arrastró consigo decenas de objetos semiduros que ascendían como confites aspirados hacia su cabeza pero que las arcadas devolvían sobre el fondo de su lengua y hacia su boca. El agrio sabor de aquellos parásitos que su lengua apretaba y reventaba contra el paladar, produjo insostenibles nauseas que lo arrojaron contra el piso.
Como abatido sobre la loza, experimento una total devastación. Sus ojos ardían con una arenilla abrasiva, su boca pastosa dificultaba el paso de saliva hacia su garganta, su nariz y sus oídos entumecidos y cargados, y por entre su pelo vibrando atrapadas como en una red, sentía la ira y el frenesí de aquellos monstruos tratando de liberarse. Desde allí en el suelo divisó el umbral y con un brutal esfuerzo logró salir.
Arrastrándose recuperó un poco la noción. Habían invadido todo, aquel mosquerío se asemejaba a humo que se mantenía mas bien en lo alto dejando un buen trecho a nivel del suelo que permitía escabullirse, respirar. Incluso cuando algunas abandonaban la masa multiforme y gris que parecía inflarse sobre su cabeza y caían en picada como camicaces hambrientos por dar en el blanco, pudo arrastrarse hasta su habitación, en donde había dejado el celular sobre la mesa de noche.
Allí parecía encontrarse la mayor concentración de invertebrados. Lo dominaban todo; cada forma, cada cuadro o mueble u ornamento se hallaba forrado por una espesa capa de repulsivos insectos. Todo parecía temblar a la vista por efecto de sus aleteos y su frenético existir. Pero su cama estaba despejada, se acercó a la mesita, tomó el teléfono y se recostó aturdido, agotado. Confundido miró la pequeña pantalla sin saber realmente que hacer, a quien llamar, que decir, decidió que la única opción era marcar emergencias y sin dar muchas explicaciones con la excusa de una descompostura los haría venir y después vería. Marcó el número y nada. La señal no iba ni venia, simplemente nada. El aparato estaba encendido pero nada ocurrió, solo la frustración que enroscó su estomago y lo desintegró en un gigantesco espasmo que lo incorporó y abriéndole la boca vació sus entrañas extrayéndole mas de lo mismo, un cúmulo alado desalojó su cuerpo expulsado desde sus fauces como una tromba hacia el techo, esparciéndose en todas direcciones y con un ensordecedor rugido fue opacando su visión hasta sojuzgarla con lo mas profundo de la negra nada.
Una explosión hizo que abriera sus ojos.
Por un momento desorientado, respiró profundo y miro la hora, los numeritos de la alarma dibujaban un cinco, un tres y un nueve y se tranquilizó. Sintió un vasto alivio, un desmesurado sosiego lo envolvió cuando vio que a su alrededor todo estaba en paz, límpido, sereno, que su hogar volvía a ser el de antes.
Aun le quedaban un par de horas de descanso y aunque se sentía pleno y liviano dejo que sus parpados cayeran lentamente para disfrutar de aquel bálsamo cuando otra explosión lo sobresaltó. Y otra, parecían golpes, el estruendo venia del comedor. Se levantó rápidamente, se encaminó hacia la sala y cuando se hallaba en medio de ésta, vio como otro estruendo despedazaba la puerta de entrada partiéndola como si fuera de cartón. Algunos pedazos colgaban de las bisagras cuando un enorme ser apareció frente a la abertura. Sus ojos todavía adormilados veían un poco borroso pero con pánico pudo distinguir que sobre la amorfa cabeza tenía unas recortadas aletas, un enorme e inexpresivo ojo de cíclope tan grande como la cara misma y una corrugada trompa que colgaba y se perdía entre su horripilante y abultada anatomía.
Parecía venir hacia el como flotando, vio como una desproporcionada joroba se mecía al ritmo de su grotesco paso y en lo que parecían sus extremidades sostenía como una especie de gruesa arma que escapaba a su imaginación.
Se encontró tieso, paralizado, cada músculo de su cuerpo cesó su función allí mismo, ahí parado frente a esa horrorosa criatura que se aproximaba. Para su peor espanto, observó que otras dos la seguían y entre ellas se comunicaban con un especie de lenguaje gutural, ininteligible. Cuando la primera casi lo alcanzaba, solo atinó a interponer sus manos ante su rostro entonces sintió un cortante frío seco cuando el monstruo lo atrapó.
Vio destellos blancos como relámpagos que formaban figuras de diferentes intensidades y tamaños trayendo voces que aunque no eran suyas le pertenecieron por un instante y sus timbres hablaron de amor, de odio, de miedo, de coraje, de heroísmo, de fuego y agua, de compañeros y heridos, de sangre y sanación, y dijeron papá, hijo y hermano y dibujaron los ojos de una mujer que llamaron esposa y miles de otras cosas que se mezclaron con los destellos que se esfumaron de la misma manera instantánea con la que aparecieron.
Entonces se dio cuenta que la criatura siguió su camino atravesándolo como rompiendo el aire y hacia su cuarto. De repente sintió su cuerpo elevarse en un remolino sin forma y flotar libre sin anatomía, ingrávido. Las formas ya no lo eran cuando la nada succionó las paredes el techo y el piso, y pudo ver todo desde un solo ángulo, desde un único punto, y giró desde lo alto enfocando su habitación, y lo comprendió todo.
Seguramente alguno de los vecinos alarmados por el fétido olor había llamado a los bomberos.
Sobre la mesa de noche, los numeritos de la alarma dibujaban un cinco, un cuatro y un cero. Sobre la cama, su cuerpo ennegrecido e hinchado yacía boca arriba con los ojos abiertos y turbios. Sobre la pared del respaldo, un montón de moscas, coronaban su final.

 

Marcelo Corzo, 14 de Junio del 2012}

 

 

Comentario por Daanroo Mattz el abril 30, 2014 a las 9:12pm
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  ¡Vaya usted Sir. me atrapó!,  debo decir, que la simplicidad es un efecto básico  en un relato, y esta simplicidad de gozar lo terrenal con la divina gracia del misterio, tiene lo suyo… la mosca:  según recuerdo del mito de Descartes y su mosca atípica decían: que entre la distancia de las paredes y el suelo de una instancia, se encontraba el punto flaco del hombre, su tiempo…

Supongo que dicho y hecho, el tiempo éste suyo, de su escrito, conviene llamarlo entonces una coordenada sincronizada., pues entre más tambaleo y sucesiones se traslapan en la inmensidad de la vida, es más justo reconvenir, el lugar donde han de quedar los huesos..

 

Al irle leyendo, me fui encontrando con situaciones de salud, aprendidas de aquí y de allá: los giros involuntarios del mareo; el peso del sosiego cuando abraza al cuerpo la pesadez; la serenidad del sonido cuando posa al cuerpo el interlunio un desmayo; y hasta la presión atmosférica sobre los oídos, al dilucidarse una embolia coronaria… simples reflejos de una necesidad de alimentar la salud, más que los órganos del pesaje o el peaje de la vida misma, aún cuando es esta la que va en deterioro, sin más atención que el peso mismo del tiempo…

Si, tal vez, es ese punto del despertador, lo que lo somete a la interacción hombre-animal; pero también es cierto que es el ojo místico de verse a si mismo, el que lo hace voluble y claro.

Me gusta su encuentro con la muerte, con sus objetos, sus trascendencias, sus medidas, pero sobre todo, me gusta la realidad de buscarse más allá de su puerta y de su propio entorno….

Por otro lado, le dejo este poema de Don Garcilaso de la Vega que dice:

 

VI

 

Por ásperos caminos he llegado

a parte que de miedo no me muevo;

y si a mudarme a dar un paso pruebo,

y allí por los cabellos soy tornado.

 

Mas tal estoy, que con la muerte al lado

busco de mi vivir consejo nuevo;

y conozco el mejor y el peor apruebo,

o por costumbre mala o por mi hado.

 

Por otra parte, el breve tiempo mío,

y el errado proceso de mis años,

en su primer principio y en su medio,

 

mi inclinación, con quien ya no porfío,

la cierta muerte, fin de tantos daños,

me hacen descuidar de mi remedio.

Se lo incluyo, porque siempre me han dicho, que más allá de la mosca de la carne, existe un mundo aún más mitológico: el de la carne misma, hecha polvo…

Caballero, un placer.

 

 

 

¡Qué delicia, volver a disfrutar de esta lectura!

 

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