Club literario El rincón del caminante

Una discusión filosófica

Una discusión filosófica

Queridos amigos:

En honor a la verdad debería titular esta narración como: “Una discusión religiosa”, sin embargo, prefiero el adjetivo “filosófica”, ya que mis maestros jesuitas en el colegio “Oriente” donde cursé la preparatoria en mi bella ciudad de Puebla de los Ángeles, tomaban como sinónimos las dos palabras.

El padre José, culto sacerdote dominico, formó un grupo para estudiar la Sagrada Biblia a la cuál ya no pertenezco por una diferencia de opiniones. Se trataba de los siete pecados capitales y yo consideraba como verdaderos pecados del espíritu: la ira, la soberbia, la avaricia y la peor y más tonta de todas, la envidia. Por qué digo que es tonto el que profesa la envidia y es sencillo, todos los demás pecados proporcionan algún deleite (malo, pero deleite al fin), y la envidia sólo da tristeza, tristeza del bien ajeno. En cuanto a los pecados de la carne empezando con la lujuria, yo no la considero pecado: es obediencia dócil a la ley que Dios o la naturaleza (su representante personal), puso en nosotros para perpetuar la vida. Las infinitas variaciones que algunos introducen en ese apetito natural no son motivo para calificar a la lujuria de pecado. Igualmente me resisto a poner a la gula en la lista de culpas capitales. Hay que comer para vivir. ¿Por qué va a ser pecado comer bien? De lo bueno poco, y de lo poco mucho. Y qué de la pereza. También es pecado de la carne y por lo tanto inocuo, inofensivo. Estos tres pecados son tan débiles que basta el paso del tiempo para acabar con ellos.

Como ustedes comprenderán al principio sólo era un intercambio de opiniones entre los que no estaban de acuerdo con mis apreciaciones y el que esto escribe, pero poco a poco se fue haciendo intensa la discusión hasta que alguien dijo: “Es urgente que el padre José nos dirima la cuestión”. Con toda lógica reviré en el acto: “No hay urgencias, lo que hay son pendejos con prisa”. Como ustedes comprenderán fue el fin de la controversia y yo tuve que salir por piernas para huir de la ira de mis contertulios.

 

Se preguntarán, ¿a qué viene este largo exordio? Es porque necesito una preparación personal para lo que voy a contarles. Yo, a pesar de ser médico no soy escéptico como muchos de mis colegas. No señor. Yo soy un verdadero creyente, aunque tenga ideas propias para la interpretación de algunos mandamientos o pecados.

No voy a presumirles y decirles que soy una lumbrera en mi carrera, un gran especialista. Por desgracia no es así. Sólo soy un simple médico familiar, el equivalente a médico general. Sin embargo, me ha ido bien, trabajo en el Seguro Social y tengo un consultorio en una colonia proletaria donde vivo. Por mis precios accesibles y sobre todo por mi buen carácter tengo mucha clientela particular.

Mi familia por el lado materno es acaudalada y muy esnob, podrían muy bien atenderse con los médicos de lujo de mi ciudad, pero, claro que no. La gente rica en ocasiones para eso de los cuidados médicos es muy cicatera en ocasiones. Así que en la población que tengo adscrita como médico familiar se encuentra un tío lejano (primo de mi mamá) y su familia. Debo decirles que ellos son amigos del jefe del archivo de la unidad médica en que laboro, así que este señor me los apuntó, aunque no les correspondía conmigo. Había que aprovechar al sobrino y vaya si son latosos.

Lo anterior son gajes del oficio y muchos médicos viven situaciones parecidas. La verdad se acostumbra uno a todo. Mis tíos son dueños de una cadena de ferreterías a nombre de su único hijo varón (que por cierto nunca se para en los negocios) y ellos pasan como sus empleados. Son buenos para defraudar al fisco, compradores de chueco y otras lindezas por el estilo. Bueno, a mí en lo personal no me consta, pero son los rumores que desde siempre han corrido.

Como dicen que son de buen corazón, recogieron a una niña, Rosita, hijita de una antigua sirvienta de la casa. Esta niña ahora es una señorita. De todos es sabido que la criada quedó embarazada por el único retoño de mis tíos. Para evitar el escándalo corrieron a la fámula previa compensación millonaria a los papás de ésta y la condición de que mis tíos se hicieran cargo de la bebita.

Uno de los pecados que no está bien tipificado, y que es malo, es el “chisme”. Por razones propias del oficio a los galenos nos llegan toda clase de confidencias. Mi tía que es hipocondriaca en una de sus crisis de histeria, me confesó que del único vástago que tiene, el papá de éste no es su marido y que la niña que crio (su nieta) al llegar a las redondeces de la adolescencia ha despertado en el esposo de la señora antiguos ímpetus y anda tras ella, motivo real de los achaques de mi tía. “Bonito lio”.   

Rosita, lleva los apellidos de la antigua sirvienta, no es ninguna belleza y sólo tiene la gracia de la juventud. Su vida como “recogida” ha sido muy especial, una criada no pagada, estudió en escuelas oficiales y ahora está de empleada en la ferretería principal, es la cajera. Además, se encarga de los mandados de la familia. Es la que va a la clínica por las medicinas de mis parientes. Tengo que hacerles una aclaración, mi tío tiene una hipertensión arterial que aunado a su mal carácter lo trae por la calle de la amargura. La tía se queja de todo. En resumidas cuentas, ya no sé qué recetarles, los he enviado con muchos especialistas y estos de inmediato me los devuelven con notas en los expedientes no agradables. Cada vez que atiendo a uno de mis tíos les doy una lección completa de medicina. Se lamentan y hacen responsable a Rosita de que lleve los medicamentos correctos. Algo curioso, la que capta de inmediato la manera de tratar a los enfermos y su tratamiento es Rosita.

 

En una crisis hipertensiva que tuvo el tío, llamaron a un excelente cardiólogo particular, éste lo interno en un suntuoso hospital y a los dos días de hospitalización lo dieron de alta ya recuperado, pero en su casa al poco tiempo pasó a la dimensión desconocida. Cuando llegué a la casa ya era difunto.

—Tía, ¿por qué no llamó al cardiólogo para el certificado de defunción, ya que es el último médico que lo atendió? —pregunté.

— ¡Imagínate! —exclamó— quería hacerle una autopsia. No iba a permitir que profanaran su cuerpo, nuestra fe no lo permite.

Desde luego no entré en debates teológicos. Lo que hice fue revisar con cuidado los medicamentos que le habían recetado al enfermo. Para lo cual Rosita fue de mucha ayuda. Lo que me llamó la atención era que la muchacha estaba muy inquieta, desasosegada y me rehuía la mirada.

—Rosita —le pregunté—, ¿Qué fue lo último que le ministraste?

—Pues lo que le mandó el doctor.

Al revisar el buró del paciente encontré una serie de medicamentos, desde luego apropiados para su hipertensión, aunque había algo que no cuadraba, pero dadas las circunstancias no hice caso. Así que sin más trámite extendí el certificado de defunción. Lo verdadero extraño es que de inmediato la tía llevó al muertito a incinerar.

 

—Te diré —me dijo el hijo de mi tía—, que el que se decía mi papá era un cabrón.

— ¡Ah, caray! ¿Por qué? —no pude menos que preguntar.

—Dios sabe lo que hace. Ya viviremos en paz. El hijo de puta quería violar a Rosita.

 

Aunque soy lento de entendederas, la posible verdad se abrió paso en mi cerebro, los envases de las medicinas eran correctos, lo raro era la forma de las tabletas. De inmediato acudieron a mi mente dos mandamientos que el buen Moisés bajó del monte Sinaí: el quinto, no matarás; y el octavo, no dirás falso testimonio ni mentirás. ¿Cómo debo interpretarlos? Ir a confesarme, ir a la policía o hacerme pendejo. Saben, la verdad es que Rosita me cae bien.

 
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